Querido Félix: Hoy quiero hablarte de uno de los acontecimientos más crueles de mi existencia, un episodio que cambió para siempre mi percepción del mundo y terminó por destruir las pocas esperanzas que todavía conservaba sobre la humanidad. No, no fue descubrir que no fuera adoptada. Tampoco fue el día que me dijeron que Hércules Poirot no existía ni descubrír que mi familia llevaba generaciones ocultándome que soy descendiente de una dinastía de criminales. No. Lo que ocurrió fue mucho peor: descubrí que, para vivir, tendría que trabajar. Sí, Félix, trabajar. Esa actividad tan poco elegante que consiste en levantarse cuando el cuerpo todavía está negociando con la conciencia, vestirse con ropa socialmente aceptable y salir de casa para dedicarle las mejores horas de tu vida a alguien que, con suerte, te pagará lo suficiente para no morir de hambre. Fue una revelación devastadora, una de esas verdades que deberían advertirse al nacder, junto con el grupo sanguíneo y la condena inevita...