Por Rebeca Jiménez Clara siempre contaba la misma historia, pero nunca de la misma forma. A veces comenzaba con una omisión, un detalle mínimo, casi invisible, y otras con una variación en el tono, como si al cambiar la entonación pudiera modificar también el sentido de los hechos. Con los años, había aprendido a narrarse a sí misma con una precisión engañosa, como quien pule una herida hasta que deja de parecerlo. Decía que todo había terminado de manera inevitable. Que no había sido culpa de nadie. Que las cosas, simplemente, se desgastan. Lo repetía con una serenidad que parecía convincente incluso para ella. Pero había noches, como esa, en las que el relato se le descomponía entre las manos. El reloj marcaba las tres de la madrugada, una hora que Clara detestaba porque no permitía distracciones. A esa hora, el silencio no era ausencia de ruido, sino presencia de pensamiento. La casa parecía observarla: las paredes, los objetos, incluso el espejo del pasillo que evitaba mirar. Se le...