Ha llegado otra vez esa temporada mística del año en la que mis compañeros de trabajo entran en un trance colectivo digno de estudio antropológico: la fantasía del aguinaldo salvador . Ese dinero mítico, mesiánico, casi bíblico, que , según ellos , llegará para redimir pecados financieros, sanar traumas infantiles y, si se administra con fe, resolverles la vida entera. Pero no, no lo hará. Nunca lo hace. Pero qué bonito es verlos creer. Es un espectáculo anual. Puntual. Cíclico. Como las lluvias o mis ganas de renunciar. Empieza más o menos en octubre, cuando alguien menciona en voz baja la palabra aguinaldo , como si fuera un secreto pero con intereses. A partir de ahí, todo se descompone. Las conversaciones ya no giran en torno al trabajo, sino a proyecciones financieras que ni Wall Street en su peor momento. — “Con mi aguinaldo voy a pagar la tarjeta” — “Yo ya hice cuentas y hasta me va a sobrar” Claro. A todos les sobra. En Excel. En la realidad, no tanto. Yo los o...