Por Terrornauta
En el cine del siglo XX, el demonio se fue puliendo como obra de un artesano perverso: no siempre el mismo rostro, sino una galería cambiante que respondía, casi con precisión fisiológica, a las fiebre sociales de cada década. Si el monstruo gore nos refleja la furia de la guerra y la máquina especial, el demonio cinematográfico es, en su esencia, un espejo moral: adopta la forma que la época teme mirar en sí misma. Voy a trazar aquí un recorrido por ese espejo, desde los albores mudos hasta las mitologías exorcistas que marcaron el último tercio del siglo XX, y ofreceré una opinión sobre por qué el demonio en la pantalla nos dice tanto sobre nosotros.
Los primeros reflejos: lo demoníaco como relato moral (1900–1930)
En los primeros años del cine, el demonio no se presentaba siempre como criatura autónoma: más bien reaparecía en relatos religiosos, juicios morales y recreaciones de brujería. Películas como Häxan (1922) o secuencias de cine mudo retomaban la iconografía medieval de la hechicería y la posesión para explicar lo inexplicable, cuando la ciencia y la razón aún no habían colonizado del todo la imaginación popular. En ese periodo el demonio funcionaba como figura didáctica: advertencia contra la transgresión, espejo de superstición y residuo de una cosmovisión que pronto sería cuestionada por la modernidad.
La era del macabro y el psicoanálisis (1930–1950)
Con la edad de oro del cine y la difusión de ideas freudianas, el demonio comenzó a doblarse hacia lo psicológico. Ya no era únicamente un ser sino un síntoma: la culpa, el deseo reprimido, la locura. Películas góticas de la Universal (aunque no siempre "demoníacas" en sentido literal) explotaron la idea de la corrompida humanidad y del “otro” que habita dentro del hombre. El demonio, en este contexto, empezó a servir como metáfora para lugares oscuros del alma individual más que para amenazas externas exclusivamente religiosas. El horror de estas décadas refleja ansiedades interiores, no solo externas.
Guerra fría y moral pública: la demonización del otro (1950–1960)
Los años cincuenta, con su paranoia anticomunista y su desconfianza hacia la diferencia, adaptaron la figura demoníaca a nuevos formatos: invasores, posesiones tecnológicas, “enemigos” sin rostro. El demonio, en su forma moderna, se mezcló con la ciencia que había fascinado a la Ilustración: lo que antes se explicaba por la brujería ahora podía racionalizarse como contagio, corrupción o subversión ideológica. El miedo colectivo se mediatizó: la pantalla mostraba que lo demoníaco podía venir tanto del más allá como del vecino anodino que había cambiado de lealtad. La evolución del horror conecta esta transformación con las ansiedades sociopolíticas de la época.
Los setenta y el estallido del diablo: The Exorcist y la grieta moral (1970–1979)
Aquí la historia se vuelve más nítida. Si el demonio del cine anterior era simbólico, el de The Exorcist (1973) volvió a presentarse con dientes, vómitos y blasfemia explícita; volvió con un rostro visiblemente maligno que no pedía mucha interpretación: horror puro y religioso. Pero la película no fue solo un éxito por sus efectos; fue un fenómeno cultural: desencadenó debates sobre fe, ciencia, moralidad sexual y la fragilidad de la familia moderna. The Exorcist no solo revivió la figura del demonio en la cultura popular: reanimó la discusión pública sobre lo sobrenatural y obligó incluso a instituciones religiosas a actualizar rituales y guías de exorcismo. Su impacto fue tal que generó reacciones sociales, pánicos morales y estudios académicos sobre su significado cultural.
La obra de Friedkin se alimentó de la fractura cultural del momento, la posguerra, Vietnam, la desilusión con las instituciones, y ofreció un demonio que era a la vez primitivo y moderno: una fuerza arcaica que, sin embargo, se manifestaba en la anatomía de la familia contemporánea. Lo diabólico regresa cuando la sociedad sospecha que sus propios cimientos están cediendo.
Los ochenta: el demonio festivo y el auge del exorcismo-pop (1980–1989)
Tras el shock de los setenta, los ochenta comercializaron el demonio. Desde secuelas y remakes hasta productos de explotación, el demonio se volvió un sujeto útil: más sangre, más sustos, menos ambigüedad filosófica. Pero también aparecieron variaciones interesantes: el demonio como figura kitsch (The Evil Dead), el demonio-mezcla con sexualidad y dolor (Hellraiser), o el demonio que se infiltra en la cultura pop (efectos especiales, humor negro). En los ochenta el miedo se actualizo: se volvió más explícito, más inmediato y, en muchos casos, más superficial, pero con la posibilidad de nuevas lecturas sobre deseo y transgresión corporal. La década respondió con frenesí fílmico a las ansiedades del consumo y la decadencia moral percibida.
Los noventa: demonio corporativo y moralidad ambigua (1990–1999)
En los noventa, a medida que el neoliberalismo se adueñaba del mundo occidental, el demonio adoptó facetas que respondían a la corrupción del poder y a la seducción del éxito: piensa en The Devil’s Advocate (1997), donde el demonio se viste de traje y seduce con promesas de carrera y gloria. Ya no había necesidad de máscaras grotescas: el demonio podía ser elegante, carismático y funcional. Este cambio refleja una época que empezaba a ver la corrupción como algo estructural, no solo extraño o sobrenatural, y por tanto la figura demoníaca se privatizó en pactos y compromisos morales individuales. Investigaciones contemporáneas sobre la representación del mal en Hollywood exploran precisamente esta reterritorialización del mal como sistema.
Final de siglo: retorno a lo folclórico y lo psicológico (2000)
Al acercarnos al siglo XXI, los filmes sobre posesiones se diversificaron: se recuperaron relatos folclóricos (especialmente fuera de Occidente), y la figura del demonio se volvió vehículo para explorar trauma, colonialismo y dislocación cultural. Películas asiáticas y latinoamericanas comenzaron a reconfigurar la mirada: el demonio ya no era solo judeocristiano, sino también una traducción de viejas ofensas, ritos o heridas comunitarias. La representación demoniaca se ha convertido en espejo para debates contemporáneos sobre identidad, postcolonialidad y modernidad.
Cómo el demonio se adapta a la moda social de cada generación
Si quisiéramos sintetizar: el demonio en el cine cambia porque cambian las grietas de la sociedad. Cuando la amenaza perceptible es externa (guerras, invasiones), el demonio se externaliza: invasores o manifestaciones visibles. Cuando la amenaza es interna (crisis de fe, colapso familiar), el demonio se interioriza: posesiones, deformaciones del deseo y la locura. Cuando la ansiedad se desplaza hacia lo económico o lo estructural, el demonio se vuelve sutil y elegante, aparece en despachos o contratos. Y cuando la cultura globaliza la mirada, el demonio se diversifica, toma formas locales y revive rituales que antes quedaban fuera del foco hollywoodense. La demonología cinematográfica siempre dialoga con el contexto sociocultural de su producción.
Una opinión final
Me gusta el cine demoniaco porque, en su mejor versión, actúa como adivinador social: no predice el futuro, pero descifra la ansiedad escondida en el presente. Mi opinión personal, nacida de la lectura y de largas noches de cine, es que el demonio cinematográfico ha sobrevivido no por su poder literal sino por su adaptabilidad simbólica. Un demonio puede ser un ídolo con cuernos, un algoritmo que todo lo vigila, un ejecutivo con sonrisa perfecta o la febril posesión de una niña. Lo que importa no es la forma sino la función: el demonio nos permite externalizar el mal que nos da pavor reconocer en casa, la pérdida de fe, la corrupción, la soledad, la parentela deshecha y, a la vez, nos obliga a mirar nuestras propias manos manchadas.
Si Edgar Allan Poe nos enseñó que el horror más profundo es el psicológico y Lovecraft nos recordó la pequeñez humana frente a fuerzas incomprensibles, el cine del demonio del siglo XX combinó ambos legados: puso la locura y lo insondable en el salón de la casa moderna. Y eso explica, a mi juicio, su poder duradero: el demonio cinematográfico no es un mero monstruo; es un espejo que cambia, y en su superficie espejada, cada generación reconoce la sombra que más le duele.
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