Por El Perrochinelo ¡Ora sí, banda, se acabó el recreo! Lo supe desde temprano porque la ciudad amaneció haciendo un escándalo de aquellos. Todavía ni salía bien el sol y ya se escuchaban portazos, claxonazos, mentadas de madre y el clásico grito de una mamá: “¡Ya levántate, se te va a hacer tarde!”. Yo soy el Perrochinelo, perro callejero, filósofo de banqueta y testigo oficial de los dramas de esta capirucha, y puedo afirmar que no hay señal más clara de que terminaron las vacaciones que ver a los chamacos caminar como zombies rumbo a la primaria o la secundaria. Ahí vienen, uniformados, peinados a la fuerza y cargando mochilas que parecen cargar los pecados del mundo. Algunos todavía traen la cara de quien no acepta que el despertador volvió a convertirse en enemigo público. Otros van brincando, saludando a sus cuates, estrenando tenis y presumiendo lonchera como si fueran a desfilar en la Semana de la Moda de Milán. Pero los verdaderos protagonistas son los jefes. ¡Ah, esos s...
Por Luis B. Emiliano había llegado a la conclusión de que la humanidad era un error de la naturaleza. No lo decía con rabia. La rabia implicaba todavía cierta esperanza. Lo decía con la serenidad de quien ha encontrado una cucaracha dentro de una sopa y decide, en lugar de quejarse, dejar de comer sopa. Tenía cuarenta y tres años, vivía solo en el piso diecisiete de un edificio inteligente y había eliminado de su vida cualquier cosa que pudiera producirle emociones innecesarias: amigos, fiestas, cumpleaños, mascotas, plantas y una cafetera italiana que, según él, había desarrollado una personalidad demasiado demandante. Su único lujo era Vera. Vera era su novia virtual. La había diseñado personalmente. Tenía el cabello oscuro, ojos color avellana y una memoria extraordinaria. Recordaba cómo le gustaba el café, qué películas detestaba y cuál era la palabra que Emiliano utilizaba cuando estaba triste y no quería admitirlo. También sabía cuándo mentía. —¿Me amas? —preguntó Emiliano una no...