Querido Félix Te escribo desde mi rincón favorito de la oficina: ese donde no tengo que convivir con nadie y, por lo tanto, con ninguna de las “estrategas del amor” que últimamente me rodean. Sí, esas que no buscan pareja… buscan una especie de inversión a largo plazo con beneficios fiscales emocionales. No sabes el espectáculo que es escucharlas. Hablan del amor como si fuera un portafolio diversificado: “que tenga estabilidad”, dicen (traducción: dinero); “que esté bien presentado” (traducción: lo más cercano posible a un modelo de la alemania nazi); “que me sume” (traducción: que me saque de aquí). Yo las observo en silencio, como quien contempla un documental de especies en adaptación: fascinante, pero ligeramente deprimente. Lo curioso es que todo lo dicen con una seriedad casi espiritual, como si estuvieran persiguiendo la iluminación y no una mezcla rara de ascenso social con casting racial. Y uno pensaría que el amor, ese concepto desgastado pero todavía útil, tendría algo que ...
Por El Perrochinelo Mira, carnal, yo no sé de teologías ni de esas ondas elevadas que luego se avientan los humanos cuando se ponen solemnes, pero de andar en la calle, de oler el pavimento caliente y de escuchar los murmullos del barrio, de eso sí soy doctor honoris causa, aunque nadie me haya dado el diploma más que la vida gandalla. Yo soy un perro de esos que no tienen nombre fijo, porque cada quien me grita distinto: “¡Firulais!”, “¡Lárgate!”, “¡Quítate, pulgoso!”, dependiendo del humor del día. Pero ese día, en Iztapalapa, hasta yo me sentí parte del elenco. Era Viernes Santo y el barrio estaba más prendido que foco de vecindad. Desde temprano ya se sentía el movimiento: doñitas barriendo la banqueta con más ganas que de costumbre, los morros correteándose como si no hubiera mañana y los señores acomodando sillas como si fueran a ver lucha libre. Yo nomás iba pasando, en plan zen, filosófico, medio viajado, oliendo restos de comida vieja, cuando de pronto ¡pum!, que me cae el pri...