Por Rebeca Jiménez A las seis de la mañana, cuando la casa todavía fingía dormir, Clara ya estaba de pie. Tenía diecinueve años y una habilidad adquirida a fuerza de repetición: ordenar lo que no había elegido. Barría el polvo como si fuera una culpa heredada, lavaba los platos con una concentración casi religiosa, doblaba la ropa ajena con una pulcritud que no se le exigía a su propia vida. La casa era pequeña, pero el tedio la agrandaba. Cada objeto parecía vigilarla: el calendario con vírgenes impresas, la mesa donde comían en silencio, la cama matrimonial que ella tendía con cuidado y en la que nunca descansaba del todo. Había aprendido pronto que el matrimonio no era un refugio sino una costumbre, y que la costumbre podía ser una forma lenta de desaparecer. Mientras trapeaba el piso, el agua sucia dibujaba remolinos que le recordaban su cuerpo: joven, intacto, pero ya cansado. Pensaba en cómo había pasado de ser una muchacha con deseos imprecisos a una mujer correcta, útil, callad...
Por el Perrochinelo Marianita se despierta antes de que suene el despertador, como siempre. No porque quiera, sino porque la Erika se le sube a la panza y el Jorgito empieza a chillar en la cuna improvisada que es, en realidad, una caja de plástico con cobijas. Son las cinco y media y la casa de su hermana ya está medio despierta: el cuñado carraspea en el baño, alguien prende la tele con las noticias bien bajitas y el olor a café aguado se cuela por el pasillo. —Ya, mi amor, ya —le dice al niño, con la voz ronca—. No llores, ahorita te cargo. Viven nueve en ese departamento de interés social, dos cuartos, un baño que siempre está ocupado y una cocina donde apenas caben tres personas sin estorbarse. Marianita lo sabe: no puede quedarse ahí para siempre. Su hermana no se queja, pero las miradas pesan. No es mala onda, es pura realidad chilanga: donde comen ocho, el noveno ya estorba. Jorge, en cambio, vive bien quitado de la pena. Hace dos años se fue con “una morrita más joven”, así lo...