Por Rebeca Jiménez Patricia encontró a la felicidad una tarde de jueves, sentada en una banca oxidada junto a la fuente seca de un parque. No fue un descubrimiento extraordinario. La felicidad no emitía luz ni estaba rodeada de mariposas. No tenía el rostro de una mujer hermosa ni el de un hombre sabio. Parecía una persona cualquiera: unos cuarenta años, ropa sencilla, una expresión tranquila que resultaba difícil de recordar apenas se apartaba la vista. Patricia se sentó a su lado porque no había otro lugar libre. Tenía veinticinco años y una tristeza que procuraba disimular con eficiencia. Era una tristeza moderna, hecha de expectativas incumplidas y comparaciones constantes. Había terminado una relación seis meses antes. Conservaba un trabajo que no le gustaba pero tampoco odiaba. Tenía amigos, salud, proyectos. Sin embargo, vivía con la sensación de que algo importante estaba ocurriendo en otra parte. La desconocida observó el cielo gris. —Llegas tarde. —¿Perdón? —Te he estado espe...
Por El Perrochinelo A Don Rafa lo conocí entre los olores propios del vagón y los de humanidad húmeda que caracteriza a la Línea 2 cuando empiezan las lluvias. Era de esos personajes que parecen haber nacido dentro del Metro. No en un hospital. En un vagón. Como si una mañana cualquiera hubiera aparecido sentado entre Pino Suárez y Chabacano, con su portafolios de plástico negro, su camisa siempre un poco arrugada y un montón de hojas blancas sujetas con una tabla de madera. Cada año ocurría igual. Caían las primeras lluvias de abril o mayo y, como si obedeciera un calendario secreto, Don Rafa regresaba. Lo veías subir en Tasqueña a eso de las tres de la tarde. Y comenzaba su peregrinación. Vagón por vagón. Estación por estación. Durante seis horas. Todos los días. Toda la temporada de lluvias. —Buenas tardes, jóvenes, disculpen que los moleste tantito. Estoy juntando firmas para solicitar que techan los tramos exteriores de la Línea Azul porque cuando llueve se hacen lentos los recorr...