Por Rebeca Jiménez Alicia terminaba su turno a las seis y veinte de la tarde, cuando el hospital infantil comenzaba a vaciarse de llantos y el cansancio adquiría una densidad distinta, menos urgente, más triste. Había aprendido a reconocer el momento exacto en que el edificio dejaba de ser un lugar de salvación para convertirse en un enorme cuerpo agotado: los pisos recién trapeados con olor a cloro, las enfermeras acomodándose el cabello frente a los reflejos oscuros de las ventanas, los médicos jóvenes fumando con ansiedad bajo la marquesina. Ella salía siempre impecable. El cabello recogido con una precisión suave, el labial intacto, las uñas discretas. Caminaba por el pasillo como si el día no hubiera dejado marcas sobre su cuerpo, aunque llevaba horas inclinada sobre bocas abiertas, sobre dientes podridos por el abandono y el azúcar barato. Niños que lloraban. Madres avergonzadas. Padres ausentes. Alicia sonreía mucho en el trabajo. Era parte de su belleza: una calidez cuidadosame...
Por El Perrochinelo Todas las mañanas, como a eso de las siete y cuarto, cuando la ciudad todavía anda bostezando smog y los microbuses ya vienen mentándose la madre entre sí, aparece Gerardo allá arriba, a la mitad de la Picacho Ajusco, sentado en su silla de ruedas como si fuera piloto de Fórmula Uno. La primera vez que lo vi pensé: “este cabrón ya se cansó de vivir”. Pero no. Más bien parecía exactamente al revés. Ahí venía el güey, inclinado hacia adelante, agarrando las ruedas con las manos con sus guantes de motociclista, esperando el momento exacto para aventarse pendiente abajo entre peseros, motociclistas suicidas, señoras en camioneta y oficinistas con cara de “otra vez lunes”. —¡Ahí viene el Rápido! —gritaban unos chalanes de una obra. Y sí. Ya todo mundo por ahí lo ubicaba. Los polis de tránsito nomás levantaban las cejas. Los choferes del RTP le pitaban como saludo. Hasta los vendedores de tamales lo miraban pasar con admiración y espanto. Porque Gerardo bajaba hecho la ch...