Por Rebeca Jiménez Hay personas que confunden la intimidad con el aire. Creen que todo debe ser respirado por los demás. Nuria era una de ellas. Tenía treinta y dos años y una extraordinaria incapacidad para advertir el límite entre el mundo propio y el ajeno. No era malintencionada. Su defecto pertenecía a otra especie, más difícil de corregir porque se alimentaba de buenas intenciones: estaba convencida de que compartirlo todo era una forma de amor. En la fila del banco relataba sus problemas económicos. Al taxista le explicaba sus frustraciones sentimentales. Al cajero del supermercado le anunciaba que pensaba estudiar otra carrera, mudarse a una ciudad más pequeña, escribir una novela, aprender francés y abrir una cafetería donde todos los amigos —amigos que jamás había consultado— trabajarían felices. Siempre hablaba en plural. —Cuando tengamos el negocio... —Cuando vivamos juntos... —Cuando hagamos el viaje... Las personas sonreían por educación. Después comenzaban a desaparecer....
Por OA No supe cuándo empezó el insomnio. Al principio creí que era el café. Luego el ruido de los camiones que seguían pasando por Viaducto aún de madrugada. Después entendí que había noches que no querían terminar, como esas conversaciones que uno deja a la mitad porque ya no sirven para nada. El reloj marcaba las dos con diecisiete. Siempre las dos con diecisiete. Llevaba meses descompuesto. Nunca me preocupé por arreglarlo. Había cosas que era mejor dejar detenidas. Me levanté. El piso estaba frío. En el departamento apenas había muebles. Un sillón de piel que rechinaba cuando me sentaba. Una televisión enorme comprada en efectivo que pague de un jalón. Un refrigerador lleno de refrescos y cerveza. Nada de comida. Abrí la ventana. La colonia seguía despierta sin hacer ruido. Un taxi cruzó la avenida. Luego nada. Dicen que uno se acostumbra. Es mentira. Lo que pasa es que aprende a quedarse callado. La primera vez vomité. La segunda también. Después dejé de vomitar. Uno cree que eso...