Querido Félix: Hoy quiero hablarte de uno de los acontecimientos más crueles de mi existencia, un episodio que cambió para siempre mi percepción del mundo y terminó por destruir las pocas esperanzas que todavía conservaba sobre la humanidad. No, no fue descubrir que no fuera adoptada. Tampoco fue el día que me dijeron que Hércules Poirot no existía ni descubrír que mi familia llevaba generaciones ocultándome que soy descendiente de una dinastía de criminales. No. Lo que ocurrió fue mucho peor: descubrí que, para vivir, tendría que trabajar. Sí, Félix, trabajar. Esa actividad tan poco elegante que consiste en levantarse cuando el cuerpo todavía está negociando con la conciencia, vestirse con ropa socialmente aceptable y salir de casa para dedicarle las mejores horas de tu vida a alguien que, con suerte, te pagará lo suficiente para no morir de hambre. Fue una revelación devastadora, una de esas verdades que deberían advertirse al nacder, junto con el grupo sanguíneo y la condena inevita...
UIT. El artista. 2026 Por El Perrochinelo En la colonia todos conocían a Sculpey Dog, aunque nadie se ponía de acuerdo sobre quién le había puesto el nombre. Los chavos de la esquina decían que era por un material para hacer figuras, porque el perro, un mestizo color miel, tenía alma de escultor y cagaba con una intención artística que ya quisieran muchos que exponían en las galerías de la Roma. El Güicho, que no había terminado la carrera de artes y se aventaba unas teorías sobre el arte contemporáneo después de dos caguamas, aseguraba que el animal era un adelantado a su tiempo. —Ese perro, banda, está haciendo land art, instalación y performance, todo en una sola sentada. Y sin necesidad de apoyos, güey. Sin beca del Fonca, sin patrocinadores y sin andar mamando con que su obra cuestiona los límites de la representación. —¡Cállate, pinche Güicho! —le decía el Benja—. Tu perro artista acaba de dejar un chistesito afuera de la recaudería y la jefecita esa casi se va de hocico. Si eso ...