Por Rebeca Jiménez El agua de jamaica tenía el color de la sangre cuando ya nadie recuerda de quién era. Verónica lo pensó al verla en la jarra de vidrio, sobre la mesa principal, junto al pastel de tres pisos y las servilletas rosas que su madre había doblado durante toda la mañana. Afuera, en el patio, los hombres terminaban de acomodar las sillas; las mujeres discutían por el hielo; una niña lloraba porque le habían puesto un vestido que le picaba en las axilas. El equipo de sonido probaba una canción de moda a un volumen que hacía vibrar los vidrios de las ventanas. Era sábado. Verónica cumplía quince años. Su madre había dicho que sería una fiesta inolvidable. Lo dijo tantas veces durante los preparativos que la frase terminó por parecer una amenaza. Verónica observaba la jarra. El agua de jamaica había sido preparada desde la noche anterior. Su madre había hervido las flores secas, añadido azúcar y dejado enfriar la bebida en una olla grande. Por la mañana la había pasado a la ja...
Por Félix Ayurnamat El día que enterraron a mi padre, el reloj de la cocina dejó de andar. Nadie se ocupó de darle cuerda. Mi madre decía que todavía servía, que bastaba con moverle las manecillas para que volviera a la hora de siempre. Pero nunca lo hizo. Se quedó marcando las cuatro y veinte, que fue cuando ya no había nada que hacer. Mi padre llevaba meses esperando la muerte. No lo decía, pero se le notaba en la manera de mirar la puerta, como si alguien fuera a entrar para disculparse por la tardanza. Todas las mañanas se levantaba temprano, se lavaba la cara y se sentaba junto a la ventana. A veces preguntaba si ya había amanecido. Mi madre le decía que sí. Él miraba hacia afuera y volvía a cerrar los ojos. Hicimos lo que pudimos. Vendimos la vaca, empeñamos las herramientas y fuimos hasta el pueblo grande, donde un médico de manos limpias nos habló de esperanzas y de tratamientos. Mi madre rezaba por las noches. Yo le llevaba agua a mi padre y le acomodaba la almohada. Cuando se...