Por Rebeca Jiménez El pañuelo apareció sobre la mesa un domingo por la mañana. Era blanco, de algodón fino, con un pequeño bordado azul en una de las esquinas. Tenía apenas tres gotas de sangre, diminutas y perfectamente separadas entre sí, como si alguien hubiera dejado caer sobre la tela tres semillas oscuras. Elena lo encontró mientras recogía los vasos de la noche anterior. No supo de quién era. Lo tomó entre los dedos y lo acercó a la ventana. La sangre estaba seca. Una de las gotas había penetrado un poco más en la fibra y formaba alrededor una sombra rosada. Pensó en su marido. Después se avergonzó de haberlo pensado. Julián todavía dormía. Llevaban once años casados y, aunque nadie lo sabía, hacía meses que Elena había empezado a sentir por él una especie de piedad que se parecía demasiado al desamor. Seguían compartiendo la cama, las cuentas, las enfermedades de los padres y las visitas familiares. Se besaban cuando correspondía. A veces tenían relaciones sexuales. En la...
Por Félix Ayurnamat A esa hora San Juan de Letrán ya no era una avenida. Era otra cosa. Los tranvías habían dejado de pasar hacía rato y las cortinas de los comercios estaban abajo. Quedaban algunos focos encendidos sobre las puertas, amarillos, cansados. De una cantina salía un hombre que caminaba sin saber para dónde. Yo iba hacia el sur. No tenía prisa. Nunca la tuve. Mi madre decía que un hombre que camina de noche anda buscando algo que perdió de día. Yo nunca le pregunté qué creía que había perdido. Ella murió antes de que pudiera preguntarle. En la esquina había una mujer sentada sobre un cajón de madera. Tenía un abrigo negro y los zapatos puestos uno junto al otro, como si fueran de alguien más. —¿Ya cerraron? —me preguntó. —¿Qué cosa? Miró hacia la calle. —Todo. No supe qué responder. Me senté a su lado. Pasó un automóvil. Luego otro. —Antes había más gente —dijo. —¿Cuándo? —Antes. Se quedó mirando los rieles del tranvía. Yo también. No había nada que mirar. Más adelante enco...