Aguilar Camín y la Calaca La Huesuda fue a buscarlo con su elegante guadaña, Aguilar Camín escribía contra el pueblo y sus entrañas. «¡Qué manera de hacer política, con la pluma y la alimaña!». «Yo defiendo la República, la razón y la verdad, y si el pobre alza la voz, le cuestiono su humildad. ¡No confunda usted mis críticas con falta de cordialidad!». La Calaca soltó una risa: «¡Qué bonito es tu discurso! Cuando el poder te conviene, le encuentras todo el recurso; si el gobierno no te gusta, ¡ya le preparas el juicio!». «Te llevaste tus argumentos, tus columnas y tu voz; pero cuando el pueblo piensa, te parece un alboroto. Tanto hablar de democracia y tan poco escuchar al otro». Aguilar pidió una cita, un debate y explicación; la Huesuda abrió su libreta y le mostró su conclusión: «Aquí no hay buenos modales, ¡ni editoriales en el panteón!».
Héctor de Mauleón el cronista de las sospechas La Calaca leyó el diario y encontró una narración: «Dicen fuentes muy cercanas que se acerca mi camión». Héctor buscaba las pruebas, pero no hubo confirmación. «Tengo datos reservados, un testigo fantasmal, una fuente que no firma y un informe confidencial. No me pidan los papeles, ¡que eso es poco profesional!». La Huesuda, intrigada, se sentó para escuchar: «¿Y las pruebas de tus notas?». «No las puedo revelar». «¿Y el muerto que las confirma?». «No lo puedo localizar». La Calaca abrió su libreta: «¡Qué periodismo tan singular! Tienes fuentes que no existen, pero saben declarar; y hasta muertos que te cuentan lo que nadie puede probar». Héctor pidió otra columna, una exclusiva y protección; la Huesuda le dio un sobre con destino al panteón: «Aquí tendrás fuentes eternas, ¡pero exige comprobación!».