Por Rebeca Jiménez Clara siempre contaba la misma historia, pero nunca de la misma forma. A veces comenzaba con una omisión, un detalle mínimo, casi invisible, y otras con una variación en el tono, como si al cambiar la entonación pudiera modificar también el sentido de los hechos. Con los años, había aprendido a narrarse a sí misma con una precisión engañosa, como quien pule una herida hasta que deja de parecerlo. Decía que todo había terminado de manera inevitable. Que no había sido culpa de nadie. Que las cosas, simplemente, se desgastan. Lo repetía con una serenidad que parecía convincente incluso para ella. Pero había noches, como esa, en las que el relato se le descomponía entre las manos. El reloj marcaba las tres de la madrugada, una hora que Clara detestaba porque no permitía distracciones. A esa hora, el silencio no era ausencia de ruido, sino presencia de pensamiento. La casa parecía observarla: las paredes, los objetos, incluso el espejo del pasillo que evitaba mirar. Se le...
Por El perrochinelo En el turno de la tarde de la primaria “Héroes de la Banda Ancha”, allá por una colonia donde el tianguis huele a carnitas desde las ocho de la mañana y los cables de luz hacen telarañas en el cielo, el Día de la Bandera siempre era un show medio solemne, medio improvisado. —¡A ver, niños, ya entren, no se anden empujando! —gritaba la maestra Lupita, que ya traía prisa por checar. Los escuincles, pues ya sabes, unos tranquilos, otros echando desmadre, uno que otro con el moco colgando y la camisa medio fajada. Pero ese día había algo distinto: Era la ceremonia del día de la bandera y a Matviy le tocaba llevar la bandera. —Órale, güey, ya viste al ucraniano —susurró el Kevin, codeando al Brayan. —Cállate, baboso —le respondió otro—, ese compa sí le echa ganas. Matviy no decía mucho. Tenía doce años, pero cargaba una mirada que no era de chamaco cualquiera. Cuatro años antes había llegado con su jefe y su jefa, huyendo de una guerra q...