Por Rebeca Jiménez El aire todavía temblaba cuando cesó el ruido. No fue un silencio limpio, sino uno roto, lleno de ecos que persistían como si el cielo se negara a aceptar lo que acababa de ocurrir. El polvo descendía lentamente, cubriéndolo todo con una capa uniforme, indiferente: los muros abiertos, los cuerpos, los objetos cotidianos que ya no tenían dueño. Samira avanzó entre los escombros sin saber exactamente hacia dónde iba. No corría. Su cuerpo se movía con una precisión extraña, como si cada paso hubiera sido ensayado en otra vida. Tenía la boca seca, pero no sentía sed. Tenía las manos abiertas, como si esperaran algo. —Yusef… —dijo, pero su voz no encontró respuesta—. Lina… Los nombres cayeron al suelo, pesados, inútiles. Horas antes, la casa había sido una casa. Había pan sobre la mesa, ropa doblada en una esquina, la risa breve de Lina que siempre llegaba antes que cualquier explicación. Yusef había salido al patio con una pelota vieja, insistiendo en que el mundo podía ...
Por El Perrochinelo A mí me dicen el Chispa, aunque la neta ni brillo tanto. Soy un gato flaco, medio cenizo, de esos que nacen entre cajas de cartón y crecen esquivando escobazos. Vivo por la azotea de Doña Brigida, donde el sol pega sabroso en las tardes y la noche huele a fritanga, a smog y a vida chilanga. Pero aquí, en esta cuadra, hay un solo mero mero: Jefferson. —Ahí viene, ponte al tiro —me dijo una vez el Perico, un gato callejero que se cree jefe pero ni al caso—. No le faltes al respeto, morro. Y cómo no. Jefferson no camina, desfila. Grandote, rayado, anaranjado como si lo hubieran pintado con atardecer, y con su listón rojo amarrado al collar, como si fuera una medalla que nadie le puso pero todos le reconocen. Tiene diez años, dicen. Diez inviernos, diez lluvias, diez temporadas de cohetes que hacen que uno se quiera meter hasta en el drenaje. Y ahí sigue, entero. Yo lo vi por primera vez cuando bajó por la barda de la señora de los nopales. Caminaba lento, sin prisa, ol...