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CRÓNICAS PERRAS. Los arribistas

Por El Perrochinelo

Miren, banda, se los voy a contar como lo veo yo, que soy perro callejero, perro barrio, perro con más sabiduría que pulgas y más conocimiento de la calle que Google Maps. Yo vivo a ras de banqueta, donde se ven las cosas sin filtro, sin perfume caro ni discurso motivacional de coach motivacional. Desde aquí, entre puestos de tacos, banquetas grafiteadas y cafés donde la banda se cree muy fina, he aprendido que hay humanos que no buscan amor, ni amistad, ni camaradería… lo que buscan es escalar. Así, como lagartijas trepando muro caliente, pero con sonrisa de comercial de pasta dental.

Porque en esta ciudad hay de todo, pero abundan los ambiciosos de colmillo largo. Esos que te dicen “hermano” mientras ya están midiendo cuánto les sirves. Yo los detecto fácil porque caminan raro: no ven a los ojos, ven los contactos. Si te invitan a una peda o a un evento cultural, no es por cariño; es porque creen que conoces a alguien que conoce a alguien que tiene un cargo, una lana o un apellido que abre puertas. Y ahí van, bien planchaditos, hablando bonito, repartiendo abrazos como si fueran volantes de concierto gratis.

Yo los he visto en galerías, en oficinas, en cafés hipsters, en fiestas donde todos se dicen “amigo(a)” aunque hace cinco minutos ni se topaban. Son como esos perros que sólo se arriman cuando hueles a carnita asada. Mientras les sirves, eres su “brother”, su “maestro”, su “amor”. Pero nomás dejan de sacarte provecho y ¡zas!, se hacen invisibles, como si los hubiera tragado el Metro Pantitlan en hora pico.

Lo más chistoso (o lo más triste, depende del humor con que amanezcas) es ver cómo maquinan sus jugadas. Porque no crean que es improvisado, nel. Estos carnales hacen estrategia como ajedrecistas del oportunismo. Se juntan con el jefe correcto, coquetean con la persona que tiene influencia, cambian de bando político o laboral más rápido que camaleón con ansiedad. Hoy defienden una causa con discursos bien apasionados, mañana ya están del otro lado del escritorio diciendo exactamente lo contrario, pero con el mismo entusiasmo. Y uno piensa: “órale, qué talento pa’ la maroma”.

Y ni hablemos de las infidelidades, porque esas abundan más que puestos de tamales el 2 de febrro. Hay banda que cambia de pareja como quien cambia de compañía telefónica: buscando la mejor promoción. Si alguien les ofrece más status, más dinero, más visibilidad, ahí van, dejando atrás al amor viejo como si fuera recibo vencido. Desde mi esquina perruna los veo salir de los restaurantes agarrados de la mano con alguien nuevo mientras todavía traen el olor a leña de otro hogar. Y uno se pregunta si no se les enreda el alma con tanta vuelta.

Pero lo que más me emperra, banda, no es la ambición en sí. Porque querer mejorar la vida no tiene nada de malo. Lo que sí está medio chueco es esa obsesión por aparentar. En esta ciudad hay gente que vive más preocupada por la foto que por la vida. Suben historias con copas elegantes, viajes que ni disfrutaron, sonrisas que parecen rentadas. Todo es pose, todo es fachada, todo es “miren qué bien me va”. Y mientras tanto, por dentro traen un vacío que ni veinte cenas de cache pueden llenar.

Desde mi visión perruna les digo algo que tal vez no suene muy glamuroso: entre perros callejeros las cosas son más claras. Si te caes mal, te gruñen. Si te quieren, te lamen la cara. No hay tanto teatro. Pero entre humanos, híjole… a veces parece concurso de máscaras.

Así que cada vez que veo a uno de esos trepadores sociales pasar muy aprisa por la banqueta, con su mascara hipocrita y su discurso de éxito, yo nomás muevo la cola y pienso: “pobrecito, tanto subir pa’ no saber ni con quién sentarse cuando se acabe la fiesta”.

Porque al final, banda, cuando la ciudad se queda callada, cuando ya no hay eventos ni aplausos ni contactos que impresionar, lo único que queda es la conciencia… y esa, mis chavos, no se puede postear en redes ni maquillar con filtros.

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