Por Rebeca Jiménez Alicia terminaba su turno a las seis y veinte de la tarde, cuando el hospital infantil comenzaba a vaciarse de llantos y el cansancio adquiría una densidad distinta, menos urgente, más triste. Había aprendido a reconocer el momento exacto en que el edificio dejaba de ser un lugar de salvación para convertirse en un enorme cuerpo agotado: los pisos recién trapeados con olor a cloro, las enfermeras acomodándose el cabello frente a los reflejos oscuros de las ventanas, los médicos jóvenes fumando con ansiedad bajo la marquesina. Ella salía siempre impecable. El cabello recogido con una precisión suave, el labial intacto, las uñas discretas. Caminaba por el pasillo como si el día no hubiera dejado marcas sobre su cuerpo, aunque llevaba horas inclinada sobre bocas abiertas, sobre dientes podridos por el abandono y el azúcar barato. Niños que lloraban. Madres avergonzadas. Padres ausentes. Alicia sonreía mucho en el trabajo. Era parte de su belleza: una calidez cuidadosame...