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UN DÍA CUALQUIERA. El amor del camión

Por Rebeca Jiménez

Alicia terminaba su turno a las seis y veinte de la tarde, cuando el hospital infantil comenzaba a vaciarse de llantos y el cansancio adquiría una densidad distinta, menos urgente, más triste. Había aprendido a reconocer el momento exacto en que el edificio dejaba de ser un lugar de salvación para convertirse en un enorme cuerpo agotado: los pisos recién trapeados con olor a cloro, las enfermeras acomodándose el cabello frente a los reflejos oscuros de las ventanas, los médicos jóvenes fumando con ansiedad bajo la marquesina.

Ella salía siempre impecable.

El cabello recogido con una precisión suave, el labial intacto, las uñas discretas. Caminaba por el pasillo como si el día no hubiera dejado marcas sobre su cuerpo, aunque llevaba horas inclinada sobre bocas abiertas, sobre dientes podridos por el abandono y el azúcar barato. Niños que lloraban. Madres avergonzadas. Padres ausentes.

Alicia sonreía mucho en el trabajo. Era parte de su belleza: una calidez cuidadosamente administrada.

Al cruzar la avenida, la ciudad parecía cambiar de temperatura. El ruido del tráfico, los vendedores ambulantes, el olor metálico del humo y la grasa hirviendo la devolvían a una vida menos limpia, menos controlada. Entonces subía al autobús.

Y comenzaba su verdadera rutina.

Nunca se sentaba de inmediato. Observaba primero. Había perfeccionado una especie de intuición silenciosa: descartaba a los hombres demasiado jóvenes, a los excesivamente seguros de sí mismos, a los que miraban con hambre evidente. Buscaba otra cosa.

La tristeza.

No una tristeza teatral, sino esa fatiga tenue que se instala alrededor de los ojos y vuelve torpes los movimientos. Hombres de su edad o un poco mayores, con el rostro cansado, las manos quietas sobre las rodillas, como si regresaran diariamente de una vida que no deseaban del todo.

Entonces se sentaba cerca.

La conversación nunca comenzaba igual. A veces era una pregunta mínima sobre el tráfico; otras, un comentario sobre el clima o sobre algún niño llorando en el hospital. Alicia sabía escuchar. Más aún: sabía hacer sentir escuchados a los otros. Tenía una voz baja, envolvente, que parecía abrir un espacio íntimo en medio del autobús lleno.

Los hombres terminaban hablando demasiado.

Le contaban divorcios recientes, trabajos miserables, hijas que no llamaban, insomnios, deudas, mujeres que los habían dejado porque se volvieron silenciosos o porque bebían demasiado o porque ya no deseaban tocar a nadie. Alicia asentía con una atención casi amorosa.

Y mientras los escuchaba, iba construyendo algo.

No mentía exactamente, pero seleccionaba cuidadosamente sus gestos. Una risa leve. Una mirada prolongada. El roce accidental de las manos cuando el autobús frenaba. A veces mencionaba que vivía sola. O que nunca había tenido hijos. O que le gustaban los hombres sensibles.

Entonces ellos comenzaban a mirarla distinto.

Con esperanza.

Eso era lo que Alicia buscaba cada tarde: ese instante preciso en que un desconocido empezaba a imaginar una vida junto a ella.

Había descubierto, años atrás, que el deseo masculino no siempre nacía del cuerpo. Algunos hombres deseaban ser salvados. Querían una mujer que los escuchara sin juzgarlos, que encontrara belleza en sus ruinas pequeñas. Alicia les ofrecía exactamente eso durante cuarenta y cinco minutos.

Y en esos cuarenta y cinco minutos ella también era feliz.

No feliz de una manera escandalosa o plena, sino con una felicidad tenue y narcótica, como quien contempla una casa iluminada desde la calle sabiendo que nunca entrará en ella. Mientras hablaban, Alicia imaginaba el resto: las cenas compartidas, las discusiones domésticas, las vacaciones mediocres, el envejecimiento conjunto.

A veces incluso imaginaba el sexo.

No el sexo urgente de los cuerpos jóvenes, sino algo más triste y profundo: un hombre dormido sobre su pecho, la respiración cálida en la madrugada, la vergüenza mutua de mostrarse desnudos bajo una lámpara amarilla. Fantaseaba con la intimidad como otras mujeres fantasean con el lujo.

Pero el final era siempre igual.

Cuando llegaba su parada, Alicia sonreía con una dulzura que parecía auténtica. Sacaba un papelito de su bolso, escribía un número telefónico y lo entregaba con cierta timidez estudiada.

Los hombres recibían ese gesto como si fuera una revelación.

Ella bajaba del autobús sintiendo todavía sus miradas sobre la espalda.

Luego caminaba hasta su departamento.

Vivía sola en un edificio antiguo donde las tuberías gemían por las noches. Al entrar, se quitaba los zapatos lentamente, preparaba té y se sentaba junto a la ventana. Afuera, la ciudad parecía deshacerse en luces húmedas y ladridos lejanos.

Entonces comenzaba la segunda parte de su ritual.

Imaginaba.

Imaginaba que el hombre del autobús sí llamaba. Aunque sabía que el número era falso. Imaginaba la primera cita real, los pequeños titubeos, el descubrimiento gradual del cuerpo del otro. Les inventaba hábitos, pasados, formas de tocarla. A veces imaginaba incluso las peleas futuras y las reconciliaciones silenciosas en la cocina.

Cada noche construía una vida completa.

Y cada noche se dormía acompañada por alguien que nunca volvería a ver.

Había algo obsceno en aquella felicidad, algo profundamente artificial. Alicia lo sabía. Pero también sabía que la ficción podía alimentar el cuerpo con más eficacia que ciertas verdades.

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