Por el Perrochinelo El Fidel amaneció con la cruda pegada como chicle en banqueta caliente, pero ni modo, ese día no era cualquier día: tres de mayo, Día de la Santa Cruz, la mera fiesta de los albañiles. Desde temprano ya tronaban los cuetes en la obra, como si quisieran despertar hasta a los muertos del panteón de junto. —¡Órale, pinche Fidel, ya vente! —le gritó el “Chetos” desde abajo—. ¡Que ya subieron la cruz y falta la bendición! Fidel se asomó por la ventana de su cuarto, en un cuarto de renta de cualquier colonia popular de este país. Vio la estructura gris del edificio en obra negra, toda amarrada con varillas como huesos salidos. Arriba, en lo más alto, ya estaba la cruz: dos tablas chuecas, envueltas en papel de colores, flores de plástico y una estampa medio desteñida. —Ahorita caigo, no estés chingando —respondió, rascándose la panza. Manuela, que estaba sentada en la cama poniéndose los tenis, lo miró de reojo. —Siempre lo mismo contigo, Fidel. Para el chupe sí eres punt...