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UN DÍA CUALQUIERA. Hoy no voy a gritar.

Por Rebeca Jiménez

El lunes por la mañana, Mariana se peina frente al espejo con una disciplina casi ritual. Hay algo en ese gesto (la línea exacta del cabello, el broche discreto, la blusa sin arrugas) que le permite sostener una ilusión de orden. En su mente, el aula es todavía un espacio posible: un territorio donde las palabras se acomodan, donde los niños escuchan, donde ella logra, por fin, no levantar la voz.

Se repite en silencio, como una plegaria sin fe: hoy no voy a gritar.

El salón huele a gis húmedo y a sudor antiguo. Las paredes están cubiertas de cartulinas mal recortadas, con letras que se despegan en las esquinas, como si incluso el alfabeto estuviera cansado de permanecer ahí. Los niños entran como ráfagas: empujones, risas estridentes, una energía que no pide permiso. Mariana sonríe. Les da los buenos días con una voz suave que no le pertenece del todo.

Durante unos minutos, breves, frágiles, cree que lo logrará.

Pero el orden es una superficie delgada. Basta una burla, una mochila que cae, una silla que rechina, para que todo se fracture. Mariana intenta explicar una división, pero nadie la escucha. O peor: la escuchan a medias, con esa atención dispersa que es casi un insulto. Hay un murmullo constante, una corriente subterránea de desobediencia que la rodea.

Siente primero el calor en el cuello. Luego, una punzada detrás de los ojos.

Y entonces grita.

El sonido la atraviesa antes de salir. Es un grito seco, desproporcionado, que no corresponde del todo a lo que sucede en el aula. Los niños se quedan en silencio unos segundos, sorprendidos, casi fascinados. Mariana los mira y, en ese instante suspendido, siente algo que no quiere nombrar: una forma de poder, pero también de derrota.

Como si su voz fuera una cuerda que la ata a ellos y, al mismo tiempo, la estrangulara.

El martes ya no hay promesas.

Se levanta con una pesadez distinta, como si el cuerpo recordara antes que la mente. En el espejo, su rostro le resulta ajeno: las ojeras más marcadas, la piel tirante. Piensa, sin querer, en la mujer que imaginó ser cuando eligió enseñar. Una figura paciente, casi luminosa, capaz de transformar la inquietud en curiosidad, la rebeldía en pensamiento.

Esa mujer, lo sabe, nunca ha entrado a ese salón.

A mediodía, mientras los niños comen sus lonches, Mariana observa sus manos. Hay en ellas una tensión constante, una rigidez que no desaparece. Piensa en cómo aprieta el gis, en cómo señala, en cómo a veces quisiera sujetar el silencio como se sujeta un objeto: con fuerza suficiente para que no escape.

Pero el silencio no se deja poseer.

Esa tarde, uno de los niños, Luis, se niega a trabajar. No es la primera vez. Tiene una mirada fija, desafiante, que no parece propia de su edad. Mariana se acerca, le habla en voz baja, intenta una paciencia que ya no siente.

—¿Por qué no quieres hacer nada?

Luis se encoge de hombros. No responde. Hay algo en ese gesto que la desarma: una indiferencia absoluta, como si ella no existiera.

Y entonces ocurre.

Mariana lo toma del brazo con más fuerza de la necesaria. No llega a lastimarlo, pero el gesto queda suspendido en el aire como una amenaza. Luis la mira, ahora sí, con una mezcla de miedo y algo más difícil de descifrar: una especie de reconocimiento.

Mariana suelta su brazo de inmediato.

El contacto le deja una sensación viscosa, como si hubiera tocado algo prohibido. No es sólo la culpa por la violencia contenida; es también otra cosa, más oscura: la conciencia de que, por un instante, deseó ejercer ese control. No sobre el grupo, no sobre el caos, sino sobre un cuerpo específico, vulnerable.

Se aparta, se refugia en el escritorio, pero ya no puede continuar la clase con la misma voz.

El miércoles y el jueves transcurren en una repetición imprecisa. Los gritos son más frecuentes, más automáticos. A veces ni siquiera recuerda por qué comenzó a alzar la voz. Los niños responden con una mezcla de obediencia momentánea y desafío latente. Es un equilibrio perverso: ella necesita gritar para sostener el orden, y ese mismo grito alimenta el desorden que la obliga a seguir gritando.

En las tardes, al llegar a casa, Mariana se sienta en la orilla de la cama sin quitarse los zapatos. Hay un silencio distinto, espeso, que no la consuela. Piensa en renunciar. Lo piensa con una claridad casi dulce: dejar todo, no volver, escapar de ese ciclo.

Pero hay algo que la retiene.

No es sólo el dinero, ni la rutina. Es una forma de lealtad torcida hacia esa versión ideal de sí misma que todavía insiste en existir. Como si abandonar fuera confirmar que nunca fue esa mujer que imaginó.

El viernes llega con una sensación de desgaste total.

El salón está más ruidoso que nunca. Mariana no intenta siquiera empezar con suavidad. Grita desde el principio, sin transición, como si ya no hubiera nada que proteger. Su voz es áspera, casi irreconocible.

En medio del caos, ve a Luis otra vez. Está sentado, inmóvil, mirándola. No participa en el ruido, pero tampoco en la clase. Sólo la observa.

Esa mirada persistente, silenciosa, la inquieta más que cualquier grito.

Por un momento, Mariana siente que él la ve de una forma que nadie más lo hace. No como autoridad, no como maestra, sino como algo frágil, expuesto. Como si pudiera intuir la grieta que la atraviesa.

Y en ese reconocimiento hay una intimidad incómoda, casi obscena.

Mariana desvía la mirada. Continúa la clase como puede. Cuando finalmente suena la campana, el salón se vacía en segundos, dejando atrás un eco de risas, papeles en el suelo, sillas mal acomodadas.

Se queda sola.

Se sienta en el escritorio y, por primera vez en la semana, no intenta recomponerse. Deja que el cansancio la alcance por completo. Piensa en el lunes que vendrá, en la promesa que volverá a hacerse, en el ciclo que no logra romper.

Sabe que regresará.

No porque crea que las cosas cambiarán, sino porque, en algún lugar que no quiere examinar demasiado, necesita volver a ese espacio donde lo ideal y lo mundano se desgarran uno contra otro. Donde su voz, incluso rota, todavía tiene un efecto. Donde su fracaso es, de alguna manera, una forma de persistencia.

Antes de salir, mira el salón una vez más.

Hay algo en ese desorden, en esas huellas de una batalla diaria, que le resulta extrañamente íntimo. Como si, a pesar de todo, ese lugar guardara una parte de ella que no existe en ningún otro sitio.

Apaga la luz.

El lunes, se dirá otra vez que no va a gritar. Y durante unos minutos, quizá, volverá a creerlo.

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