Por Rebeca Jiménez A las seis de la mañana, cuando la casa todavía fingía dormir, Clara ya estaba de pie. Tenía diecinueve años y una habilidad adquirida a fuerza de repetición: ordenar lo que no había elegido. Barría el polvo como si fuera una culpa heredada, lavaba los platos con una concentración casi religiosa, doblaba la ropa ajena con una pulcritud que no se le exigía a su propia vida. La casa era pequeña, pero el tedio la agrandaba. Cada objeto parecía vigilarla: el calendario con vírgenes impresas, la mesa donde comían en silencio, la cama matrimonial que ella tendía con cuidado y en la que nunca descansaba del todo. Había aprendido pronto que el matrimonio no era un refugio sino una costumbre, y que la costumbre podía ser una forma lenta de desaparecer. Mientras trapeaba el piso, el agua sucia dibujaba remolinos que le recordaban su cuerpo: joven, intacto, pero ya cansado. Pensaba en cómo había pasado de ser una muchacha con deseos imprecisos a una mujer correcta, útil, callad...