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UN DÍA CUALQUIERA. La hora limpia

Por Rebeca Jiménez

A las seis de la mañana, cuando la casa todavía fingía dormir, Clara ya estaba de pie. Tenía diecinueve años y una habilidad adquirida a fuerza de repetición: ordenar lo que no había elegido. Barría el polvo como si fuera una culpa heredada, lavaba los platos con una concentración casi religiosa, doblaba la ropa ajena con una pulcritud que no se le exigía a su propia vida.

La casa era pequeña, pero el tedio la agrandaba. Cada objeto parecía vigilarla: el calendario con vírgenes impresas, la mesa donde comían en silencio, la cama matrimonial que ella tendía con cuidado y en la que nunca descansaba del todo. Había aprendido pronto que el matrimonio no era un refugio sino una costumbre, y que la costumbre podía ser una forma lenta de desaparecer.

Mientras trapeaba el piso, el agua sucia dibujaba remolinos que le recordaban su cuerpo: joven, intacto, pero ya cansado. Pensaba en cómo había pasado de ser una muchacha con deseos imprecisos a una mujer correcta, útil, callada. No había escándalo en su vida, solo una sucesión ordenada de días idénticos. Y eso, comprendió de pronto, era lo verdaderamente obsceno.

A veces, mientras limpiaba el baño, se detenía frente al espejo empañado. Se miraba sin reconocerse del todo. El rostro aún tenía algo de infancia, pero la mirada ya estaba endurecida por una culpa que no sabía nombrar. Se preguntaba si era normal sentir ese fastidio constante al tocar las cosas, al cumplir, al obedecer. Si era pecado desear otra vida sin saber exactamente cuál.

El mediodía llegaba siempre con el mismo ruido: el reloj, el hervor del agua, el silencio espeso. Clara se sentaba un momento en la cocina, con las manos húmedas y el delantal manchado, y sentía que el mundo ocurría lejos, en otro sitio donde ella no estaba invitada. Pensaba en la joven que fue antes de casarse, en lo poco que sabía entonces, en lo mucho que había aceptado sin discutir.

Ese día, mientras sacudía la recámara, encontró una blusa que ya no usaba. La tela ligera, el color vivo, le provocaron una punzada inesperada. La sostuvo contra su pecho como si fuera un recuerdo vivo. Entendió entonces que no estaba triste: estaba contenida. Que no odiaba la casa ni al hombre con el que vivía, sino la forma en que su deseo había sido reducido a una tarea más.

No hubo dramatismo. No gritó ni lloró. Simplemente dejó el trapo sobre la mesa, se quitó el delantal y se sentó en la cama recién tendida. El silencio era distinto ahora, casi amable. Por primera vez en meses, sintió algo parecido a la claridad.

Tomó una bolsa pequeña, metió lo indispensable, sin saber bien adónde iría. Al salir, no miró atrás. No por valentía, sino por cansancio. Comprendió que quedarse habría sido más cómodo, pero también más cruel consigo misma.

La casa quedó limpia, impecable, lista para seguir siendo habitada por alguien que aceptara esa vida sin preguntas.

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