Por El Perro Chinelo A las cinco cincuenta y cinco de la mañana, cuando la colonia todavía está entre el sueño y la chinga, don Andrés ya está estacionado en la esquina de la farmacia. Su triciclo parece tener más años que la mayoría de las casas de la cuadra. Amarillo brillante. Al frente lleva la cafetera de aluminio, los vasos de unicel, el azúcar, la leche. A las seis en punto comienza la venta —¡Café bien cargadito, jóvenes! ¡Para que no anden con cara de difunto por la calle! Y llegan los primeros. Don Andrés tiene esa habilidad rara de conocer a todo mundo sin meterse demasiado en la vida de nadie. Sabe quién va en primaria, quién entró a la secundaria, quién ya está en la universidad, quién consiguió chamba, quién perdió el trabajo y quién se compró un carro que todavía debe hasta el 2042. A los niños les habla como si fueran adultos. —¡Órale, campeón! ¿Ya llevas la tarea? —Sí, señor. —¿Y te portaste bien? —Sí. —¡No me estés choreando! Tu cara dice otra cosa. Los chamacos se rí...