Por Rebeca Jiménez
El pañuelo apareció sobre la mesa un domingo por la mañana.
Era blanco, de algodón fino, con un pequeño bordado azul en una de las esquinas. Tenía apenas tres gotas de sangre, diminutas y perfectamente separadas entre sí, como si alguien hubiera dejado caer sobre la tela tres semillas oscuras.
Elena lo encontró mientras recogía los vasos de la noche anterior.
No supo de quién era.
Lo tomó entre los dedos y lo acercó a la ventana. La sangre estaba seca. Una de las gotas había penetrado un poco más en la fibra y formaba alrededor una sombra rosada.
Pensó en su marido.
Después se avergonzó de haberlo pensado.
Julián todavía dormía.
Llevaban once años casados y, aunque nadie lo sabía, hacía meses que Elena había empezado a sentir por él una especie de piedad que se parecía demasiado al desamor. Seguían compartiendo la cama, las cuentas, las enfermedades de los padres y las visitas familiares. Se besaban cuando correspondía. A veces tenían relaciones sexuales. En la oscuridad, Elena cerraba los ojos y procuraba recordar al hombre que alguna vez había deseado.
Pero el cuerpo tiene una memoria distinta de la memoria del corazón.
El de Julián todavía conocía el camino hacia ella.
Eso era quizá lo más triste.
Elena guardó el pañuelo en el cajón de la cocina.
No preguntó nada.
Durante el desayuno, observó a su marido.
—¿Te cortaste?
Julián levantó la mirada.
—¿Qué?
—Nada.
Él siguió untando mantequilla sobre el pan.
—Soñé que me sangraba la boca —dijo después.
Elena sintió un escalofrío.
—Qué raro.
—Sí.
No hablaron más.
Aquella noche Elena sacó el pañuelo del cajón.
Lo dejó sobre la cama.
Lo miró durante varios minutos.
Le pareció ridículo que tres gotas de sangre pudieran contener una amenaza.
Sin embargo, algo había cambiado.
Desde que encontró aquel pedazo de tela, empezó a sospechar de todo.
De las llamadas que Julián recibía y no contestaba.
De sus camisas.
De los mensajes que borraba.
De su manera de bañarse apenas llegaba a casa.
Hasta entonces había pensado que los matrimonios terminaban poco a poco, como las paredes húmedas: una mancha que crece hasta que un día se descubre que la casa ya no puede salvarse.
Ahora comenzaba a pensar que quizá el matrimonio también podía morir de una sola vez.
Una tarde siguió a Julián.
No lo había hecho nunca.
Se sintió ridícula caminando detrás de él por una calle que conocía perfectamente. Él entró en una cafetería.
Elena permaneció afuera.
Esperó.
Una mujer apareció quince minutos después.
Era joven, aunque no tanto como Elena había imaginado. Llevaba un vestido oscuro y el cabello recogido.
Julián se levantó.
La abrazó.
No fue un abrazo apasionado.
Eso fue lo que más le dolió.
Era un abrazo íntimo.
Un abrazo de costumbre.
Elena sintió que algo se quebraba dentro de ella, pero no lloró.
Regresó a casa.
Aquella noche esperó a Julián sentada en la oscuridad.
Cuando él entró, supo inmediatamente que ella sabía.
—¿Quién es?
Julián no preguntó de qué hablaba.
Se quitó el abrigo.
—Se llama Clara.
Elena cerró los ojos.
—¿Desde cuándo?
—Un año.
Un año.
La cifra tuvo el peso de una piedra.
—¿La amas?
Julián tardó demasiado en responder.
—No sé.
Elena soltó una risa breve.
—Eso es peor.
Él se sentó frente a ella.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Todavía me amas?
Elena quiso decir que sí.
Por costumbre.
Por dignidad.
Por los once años.
Por todas las fotografías donde aparecían abrazados.
Pero la verdad salió antes.
—No sé.
Julián asintió.
Parecía aliviado.
Aquello la enfureció.
—¿Eso era lo que querías escuchar?
—No.
—Sí. Lo querías.
Él guardó silencio.
Entonces Elena sacó el pañuelo.
Lo puso sobre la mesa.
—¿Es tuyo?
Julián lo miró.
Su rostro cambió.
Por primera vez desde que lo conocía, Elena vio miedo en sus ojos.
—¿Dónde lo encontraste?
—En nuestra casa.
—¿Quién te dijo que era mío?
—Nadie.
Julián tomó el pañuelo.
Lo sostuvo entre los dedos.
—No es mío.
—Entonces, ¿de quién?
Él no respondió.
Y esa ausencia de respuesta fue más terrible que cualquier confesión.
—Julián.
Él dejó el pañuelo sobre la mesa.
—Clara está embarazada.
Elena sintió que la habitación se inclinaba.
Durante unos segundos sólo escuchó el refrigerador.
Luego preguntó:
—¿Y la sangre?
Julián levantó la cabeza.
—No sé.
Elena comenzó a reír.
Una risa pequeña, casi infantil.
—Claro que no sabes.
Tomó el pañuelo.
Lo dobló cuidadosamente.
—¿Sabes qué es lo peor?
Julián no respondió.
—Que durante un año imaginé que si alguna vez descubrías a alguien, yo sufriría porque todavía te amaba.
Lo miró.
—Pero no.
Se le humedecieron los ojos.
—Estoy sufriendo porque descubrí que tampoco me amabas.
Julián bajó la mirada.
Elena se levantó.
—Vete.
Él no se movió.
—Elena...
—Vete.
Esta vez obedeció.
Pasaron tres semanas.
Julián se fue a vivir a un departamento pequeño.
Elena permaneció en la casa.
No lloró demasiado.
Lo que sentía era más parecido a una amputación que a una pena.
Un jueves por la tarde, mientras vaciaba el armario de su marido, encontró una caja de zapatos.
Dentro había fotografías.
Cartas.
Recibos.
Y otra cosa.
Un segundo pañuelo.
Blanco.
Con bordado azul.
Elena lo tomó.
Estaba limpio.
Entonces comprendió.
El pañuelo de las tres gotas de sangre no pertenecía a Julián.
Tampoco a Clara.
Era suyo.
Recordó de pronto una noche, dos meses atrás, cuando había salido con una amiga y había regresado tarde. Recordó haberse lastimado ligeramente el labio con una copa rota. Julián la había acompañado al baño. Él había limpiado la sangre con un pañuelo.
Después ella había olvidado todo.
Elena se sentó en el suelo.
Durante largo rato permaneció con ambos pañuelos sobre las piernas.
Uno limpio.
Otro manchado.
La sangre que había interpretado como una prueba de infidelidad había sido suya.
La amenaza que había construido durante semanas no estaba en la tela.
Estaba en ella.
Comprendió entonces algo más doloroso.
Había necesitado aquellas tres gotas para descubrir una verdad que ya conocía.
Su matrimonio estaba terminado antes de que apareciera el pañuelo.
Lo había sabido en las noches en que Julián dormía a su lado y ella deseaba estar en cualquier otro lugar.
Lo había sabido cuando dejó de esperar sus regresos.
Lo había sabido cuando comenzó a inventar excusas para no tener sexo.
Lo había sabido cuando un hombre desconocido la miró en una cafetería y, durante un segundo, Elena deseó que aquel desconocido la tocara.
Pero había necesitado una señal.
Una mancha.
Tres gotas.
Algo externo que le permitiera decir: ahora sí tengo derecho a irme.
Esa noche abrió la ventana.
El aire movió las cortinas.
Elena colocó el pañuelo limpio sobre la mesa.
Después puso junto a él el otro.
Los observó durante mucho tiempo.
Dos pedazos de tela idénticos.
Uno limpio.
Otro marcado por una sangre que no significaba lo que ella había creído.
Pensó que quizá eso era el amor después de todo: un objeto al que uno le atribuye un significado hasta que deja de necesitarlo.
A la mañana siguiente arrojó ambos pañuelos a la basura.
Pero antes de hacerlo, tocó con los dedos las tres manchas secas.
No sintió repulsión.
Sintió ternura.
Era extraño.
Aquella sangre era suya.
Había salido de su cuerpo sin pedirle permiso.
Como tantas cosas que había perdido.
Como tantas cosas que todavía no sabía que estaba a punto de perder.
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