Por Rebeca Jiménez Hay personas que confunden la intimidad con el aire. Creen que todo debe ser respirado por los demás. Nuria era una de ellas. Tenía treinta y dos años y una extraordinaria incapacidad para advertir el límite entre el mundo propio y el ajeno. No era malintencionada. Su defecto pertenecía a otra especie, más difícil de corregir porque se alimentaba de buenas intenciones: estaba convencida de que compartirlo todo era una forma de amor. En la fila del banco relataba sus problemas económicos. Al taxista le explicaba sus frustraciones sentimentales. Al cajero del supermercado le anunciaba que pensaba estudiar otra carrera, mudarse a una ciudad más pequeña, escribir una novela, aprender francés y abrir una cafetería donde todos los amigos —amigos que jamás había consultado— trabajarían felices. Siempre hablaba en plural. —Cuando tengamos el negocio... —Cuando vivamos juntos... —Cuando hagamos el viaje... Las personas sonreían por educación. Después comenzaban a desaparecer....