Por OA
No supe cuándo empezó el insomnio.
Al principio creí que era el café. Luego el ruido de los camiones que seguían pasando por Viaducto aún de madrugada. Después entendí que había noches que no querían terminar, como esas conversaciones que uno deja a la mitad porque ya no sirven para nada.
El reloj marcaba las dos con diecisiete.
Siempre las dos con diecisiete.
Llevaba meses descompuesto.
Nunca me preocupé por arreglarlo. Había cosas que era mejor dejar detenidas.
Me levanté.
El piso estaba frío.
En el departamento apenas había muebles. Un sillón de piel que rechinaba cuando me sentaba. Una televisión enorme comprada en efectivo que pague de un jalón. Un refrigerador lleno de refrescos y cerveza. Nada de comida.
Abrí la ventana.
La colonia seguía despierta sin hacer ruido.
Un taxi cruzó la avenida.
Luego nada.
Dicen que uno se acostumbra.
Es mentira.
Lo que pasa es que aprende a quedarse callado.
La primera vez vomité.
La segunda también.
Después dejé de vomitar.
Uno cree que eso significa hacerse fuerte.
No.
Nomás se va haciendo hueco por dentro.
Siempre tuve una explicación lista.
Que así es la vida.
Que la necesidad.
Que el dinero.
Que alguien más lo iba a hacer.
Las repetía igual que las señoras rezan el rosario mientras esperan en urgencias en el Seguro Social.
Sin pensarlas.
Por costumbre.
Hasta que una noche dejaron de acomodarse.
Las palabras también se cansan de mentir.
Encendí un cigarro.
No por ganas.
Para ocupar las manos.
Mi madre decía que las manos desocupadas terminan buscando problemas.
Las mías los encontraron hace muchos años.
Ella nunca alcanzó a ver en qué trabajaba.
Murió creyendo que manejaba tráileres.
Nunca la corregí.
Hay mentiras que parecen una forma de cuidar a los muertos.
Sobre la mesa estaban las llaves de una camioneta negra.
Las moví de lugar.
Luego las regresé donde estaban.
Eso hice casi una hora.
Mover cosas.
Abrir cajones.
Cerrar puertas.
Asomarme a la ventana.
Como si el cuerpo quisiera hacer cualquier cosa menos quedarse conmigo.
A veces pienso que el dinero es igual que la lluvia.
Al principio parece que vino a mejorar las cosas.
Después empiezan las goteras.
Y un día descubres que la inundación siempre estuvo ahí.
Nomás no la habías visto.
Compré relojes bien chingones.
Botas bien caras.
Chamarras italianas.
Perfumes que olían demasiado caro para mi colonia.
Nunca tuve una fotografía donde saliera sonriendo.
No tenía porque.
Hace unos meses vi a un muchacho acomodando mercancía afuera de un mercado.
Tenía mi edad cuando me metí en esto.
Las mismas manos.
La misma chamarra barata.
Hasta caminaba igual.
Pensé en darle dinero.
No lo hice.
Pensé en decirle que se fuera de la ciudad.
Tampoco.
Cada quien aprende solo el camino por donde empieza a perderse.
Las caras ya casi no las recuerdo.
Se me olvidan.
Pero las voces no.
Las voces encuentran la manera de regresar.
Un señor diciendo que tenía hijos.
Una muchacha preguntando por qué.
Un niño llorando detrás de una puerta.
Nunca gritan en mis sueños.
Hablan despacio.
Como habla la gente cuando ya entendió que nadie va a escucharla.
Miré mis manos.
No tenían sangre.
Nunca la tienen.
Las lavé de todos modos.
El agua salió fría.
Me acordé de una frase que decía un viejo con el que trabajé.
—Todo se limpia.
Yo le creí muchos años.
Ahora veo que no hablaba de las manos.
Hablaba de la memoria.
Y también mintió.
Empezó a amanecer.
Los puestos de tamales estaban prendiendo los anafres.
Una señora barría la banqueta con la misma paciencia con la que otros esperan milagros.
Pensé que la ciudad siempre encuentra la forma de empezar otra vez.
Los únicos que no empezamos de nuevo somos algunos.
Nos quedamos viviendo en la misma noche.
Aunque salga el sol.
El teléfono sonó una sola vez.
No contesté.
Volvió a sonar.
Tampoco.
Me quedé mirando la ventana mientras el cielo aclaraba despacio sobre las azoteas.
Por primera vez pensé que podía irme.
No supe hacia dónde.
Ni de qué serviría.
Porque hay calles que uno deja atrás.
Y hay otras que siguen caminando adentro de uno, aunque nunca vuelva a pisarlas.
El teléfono dejó de sonar.
En el edificio de enfrente alguien abrió una ventana.
Luego otra.
La ciudad empezó su día.
Yo seguía sentado, esperando algo que no tenía nombre.
Tal vez el sueño.
Tal vez el perdón.
O tal vez esa mañana que, desde hacía muchos años, nunca terminaba de llegar.
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