Por Rebeca Jiménez Patricia encontró a la felicidad una tarde de jueves, sentada en una banca oxidada junto a la fuente seca de un parque. No fue un descubrimiento extraordinario. La felicidad no emitía luz ni estaba rodeada de mariposas. No tenía el rostro de una mujer hermosa ni el de un hombre sabio. Parecía una persona cualquiera: unos cuarenta años, ropa sencilla, una expresión tranquila que resultaba difícil de recordar apenas se apartaba la vista. Patricia se sentó a su lado porque no había otro lugar libre. Tenía veinticinco años y una tristeza que procuraba disimular con eficiencia. Era una tristeza moderna, hecha de expectativas incumplidas y comparaciones constantes. Había terminado una relación seis meses antes. Conservaba un trabajo que no le gustaba pero tampoco odiaba. Tenía amigos, salud, proyectos. Sin embargo, vivía con la sensación de que algo importante estaba ocurriendo en otra parte. La desconocida observó el cielo gris. —Llegas tarde. —¿Perdón? —Te he estado espe...