Por El Perrochinelo
A Don Rafa lo conocí entre los olores propios del vagón y los de humanidad húmeda que caracteriza a la Línea 2 cuando empiezan las lluvias.
Era de esos personajes que parecen haber nacido dentro del Metro.
No en un hospital. En un vagón.
Como si una mañana cualquiera hubiera aparecido sentado entre Pino Suárez y Chabacano, con su portafolios de plástico negro, su camisa siempre un poco arrugada y un montón de hojas blancas sujetas con una tabla de madera.
Cada año ocurría igual.
Caían las primeras lluvias de abril o mayo y, como si obedeciera un calendario secreto, Don Rafa regresaba.
Lo veías subir en Tasqueña a eso de las tres de la tarde.
Y comenzaba su peregrinación.
Vagón por vagón.
Estación por estación.
Durante seis horas.
Todos los días.
Toda la temporada de lluvias.
—Buenas tardes, jóvenes, disculpen que los moleste tantito. Estoy juntando firmas para solicitar que techan los tramos exteriores de la Línea Azul porque cuando llueve se hacen lentos los recorridos, se afecta el servicio y miles de personas perdemos tiempo todos los días. Les agradecería mucho su apoyo.
Lo decía de memoria.
Con la misma voz.
Con la misma paciencia.
Como un sacerdote de una religión desconocida.
La mayoría ni levantaba la vista.
Algunos fingían dormir.
Otros se escondían detrás del periódico, el libro o de la desgracia personal que cargaban encima.
—Ya siéntese, jefe.
—Eso nunca lo van a hacer.
—Mejor pida que no suban vendedores.
—¿Y usted quién es?
Don Rafa sonreía.
Asentía.
Seguía caminando.
Como si llevar treinta años escuchando exactamente las mismas respuestas hubiera terminado por volverlo inmune.
Yo estaba chavo cuando empecé a verlo.
Estudiaba por el centro y atravesaba media ciudad en Metro.
Recuerdo que me intrigaba.
No entendía cómo alguien podía dedicarle tantas horas a algo tan improbable.
Porque siendo sinceros: en esta ciudad estamos entrenados para asumir que nada cambia.
Que las goteras son eternas.
Que los baches tienen más antigüedad que las pirámides.
Que las promesas duran menos que una quincena en enero.
Pero Don Rafa parecía no saberlo.
O quizá sí lo sabía y le valía madres.
Una tarde le firmé.
Ni siquiera puse mi nombre verdadero.
Creo que escribí el de un jugador del Necaxa o de una caricatura.
Él ni revisó.
Nomás sonrió.
—Gracias, joven.
Y siguió avanzando hacia el siguiente vagón.
Años después volví a firmarle.
Otra firma falsa.
Otro nombre inventado.
Y otra vez me dio las gracias.
Nunca preguntó nada.
Nunca reclamó.
Como si supiera perfectamente que las firmas eran lo de menos.
Que lo importante era seguir insistiendo.
Porque la necedad también puede ser una forma de esperanza.
Los usuarios habituales ya lo ubicaban.
—Ahí viene el de las firmas.
—El del techo.
—El ingeniero de las lluvias.
—El loco de Tlalpan.
Y sin embargo lo escuchaban.
Aunque fuera por unos segundos.
Porque en el fondo todos sabíamos que tenía razón.
Bastaba una tormenta para que los trenes avanzaran como tortugas reumáticas entre General Anaya y Tasqueña.
El agua golpeaba los parabrisas.
Las vías se volvían espejos.
Y miles de personas quedábamos atrapadas pensando que quizá aquel señor llevaba razón después de todo.
Nunca supe dónde vivía.
Ni de qué trabajaba.
Ni si tenía esposa.
Ni hijos.
Ni perros.
Ni nada.
Era como esos personajes de la ciudad que parecen existir únicamente para cumplir una misión absurda.
Como los que alimentan palomas.
Los que barren una calle que no es suya.
Los que riegan un árbol que plantaron hace veinte años.
Los últimos románticos de la infraestructura pública.
Después dejé de usar el Metro.
Empecé a trabajar.
Cambió mi vida.
La ciudad siguió creciendo como una humedad imposible de detener.
Y Don Rafa desapareció de mis días.
Durante mucho tiempo pensé en él algunas veces.
Sobre todo cuando llovía.
Me preguntaba si seguiría recorriendo los vagones.
Si todavía cargaría aquellas hojas blancas.
Si alguien seguiría firmándole.
O si finalmente se había cansado.
Porque hasta la fe se desgasta cuando la administración pública la usa de trapeador.
Pasaron los años.
Muchos.
Hasta que llegó la fiebre mundialista.
Las obras.
Los anuncios.
Las conferencias.
Los renders llenos de gente feliz que nunca existe en la realidad.
Y una mañana vi la estructura nueva sobre Calzada de Tlalpan.
La enorme cubierta peatonal.
La llamada Calzada Flotante.
Las intervenciones alrededor de la Línea 2.
No cubrían todo el tramo exterior.
Ni de cerca.
Pero ahí estaban.
Protegiendo una parte de aquel recorrido que durante décadas había permanecido expuesto al sol y a la lluvia.
Y entonces me acordé de Don Rafa.
Así nomás.
Como regresan los fantasmas buenos.
Mientras veía la obra pensé que seguramente ningún arquitecto, ningún funcionario y ningún político había escuchado hablar de él.
Su nombre no aparecería en ninguna placa.
Ni en ningún informe.
Ni en ninguna inauguración.
Pero yo lo recordé caminando entre vagones atascados de gente.
Sudando.
Explicando por millonésima vez por qué era importante techar la línea.
Recibiendo burlas.
Indiferencia.
Firmas falsas.
Promesas vacías.
Y aun así regresando al día siguiente.
Treinta años.
Treinta años insistiendo.
Treinta años de nadar contra la corriente de una ciudad que suele confundir el cinismo con inteligencia.
Me dio gusto pensar que, donde quiera que esté, quizá alguna tarde vio las obras.
Tal vez desde la televisión.
Tal vez desde una ventana.
Tal vez desde otro transporte público.
Y que por un instante pudo sonreír.
No porque hubiera ganado.
Porque en realidad nadie gana nunca del todo en esta ciudad.
Sino porque, después de décadas de parecer un loco, el tiempo terminó dándole la razón.
Y eso, en la Ciudad de México, es una victoria más rara que cualquier campeonato mundial.
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