Por Rebeca Jiménez El aire todavía temblaba cuando cesó el ruido. No fue un silencio limpio, sino uno roto, lleno de ecos que persistían como si el cielo se negara a aceptar lo que acababa de ocurrir. El polvo descendía lentamente, cubriéndolo todo con una capa uniforme, indiferente: los muros abiertos, los cuerpos, los objetos cotidianos que ya no tenían dueño. Samira avanzó entre los escombros sin saber exactamente hacia dónde iba. No corría. Su cuerpo se movía con una precisión extraña, como si cada paso hubiera sido ensayado en otra vida. Tenía la boca seca, pero no sentía sed. Tenía las manos abiertas, como si esperaran algo. —Yusef… —dijo, pero su voz no encontró respuesta—. Lina… Los nombres cayeron al suelo, pesados, inútiles. Horas antes, la casa había sido una casa. Había pan sobre la mesa, ropa doblada en una esquina, la risa breve de Lina que siempre llegaba antes que cualquier explicación. Yusef había salido al patio con una pelota vieja, insistiendo en que el mundo podía ...