Por El Perrochinelo
A mí me dicen el Chispa, aunque la neta ni brillo tanto. Soy un gato flaco, medio cenizo, de esos que nacen entre cajas de cartón y crecen esquivando escobazos. Vivo por la azotea de Doña Brigida, donde el sol pega sabroso en las tardes y la noche huele a fritanga, a smog y a vida chilanga.
Pero aquí, en esta cuadra, hay un solo mero mero: Jefferson.
—Ahí viene, ponte al tiro —me dijo una vez el Perico, un gato callejero que se cree jefe pero ni al caso—. No le faltes al respeto, morro.
Y cómo no. Jefferson no camina, desfila. Grandote, rayado, anaranjado como si lo hubieran pintado con atardecer, y con su listón rojo amarrado al collar, como si fuera una medalla que nadie le puso pero todos le reconocen.
Tiene diez años, dicen. Diez inviernos, diez lluvias, diez temporadas de cohetes que hacen que uno se quiera meter hasta en el drenaje. Y ahí sigue, entero.
Yo lo vi por primera vez cuando bajó por la barda de la señora de los nopales. Caminaba lento, sin prisa, oliendo el aire como si leyera el periódico del barrio.
—Buenas, banda —maulló, con voz grave.
Y todos: los perros, los otros gatos, hasta las palomas esas sangronas que ni saludan, todos se hicieron a un lado.
—¿Qué onda, Jefferson? —le gritó el Perico—. Todo tranqui.
—Más te vale —respondió él, sin voltear—. No quiero broncas en mi cuadra.
No lo dijo fuerte, pero se sintió. Aquí uno aprende que el respeto no se grita, se carga.
Jefferson hace su ronda todos los días. Casa por casa. Como velador sin silbato.
Primero pasa con Doña Chela, la que siempre deja un plato con croquetas.
—Ándele, Jefferson, coma —le dice—. Usted sí es decente, no como otros mugrosos.
Yo me acerqué una vez, con hambre, y Jefferson me vio.
—Come, pero sin hacer show —me dijo—. Aquí se agradece, no se arrebata.
Y yo, pues sí, aprendiendo.
Luego se pasa al taller del Don Toño, donde siempre hay restos de atún.
—¿Todo en orden? —pregunta Jefferson.
—Todo chido, jefe —le contesta un perro flaco que cuida ahí—. Nomás el Brayan andaba queriendo robarse unas cosas, pero ya lo correteamos.
Jefferson asiente, como si llevara un registro invisible.
La neta, ser gato en esta ciudad es rifársela diario. Los carros no perdonan, los humanos a veces menos. Pero Jefferson… ese vato parece haber hecho un trato con la calle.
Una noche, cuando los cohetes tronaban porque no sé qué fiesta traían, me encontró escondido bajo un bote.
—¿Qué haces ahí, morro?
—Me dan miedo… —le dije, con la cola hecha bola.
Se sentó a mi lado. No dijo nada al principio. Nomás se quedó.
—El ruido pasa —dijo luego—. La calle no. A esa hay que aprenderle.
Y nos quedamos ahí, escuchando cómo el cielo se rompía en pedazos.
Dicen que el listón rojo se lo puso una niña que ya no vive en la cuadra. Que un día lo agarró, lo abrazó y le dijo “tú eres mi rey”. Y él se quedó con eso. No con la niña, sino con el título.
Porque Jefferson no es de nadie. Pero es de todos.
Una vez lo vi meterse a una casa donde un señor estaba llorando, borracho.
—Lárgate, pinche gato —le dijo el hombre.
Pero Jefferson se subió al sillón, se hizo bolita a su lado.
—No estés chingando —murmuró el señor… pero ya no lo corrió.
Al rato, el hombre ya no lloraba tan fuerte.
Ahí entendí algo: este cabrón no nomás cuida la cuadra. Cuida lo que no se ve.
Hoy en la tarde lo vi pasar otra vez. El sol le pegaba en el lomo y el listón rojo brillaba como bandera.
—¿Ya estás aprendiendo, Chispa? —me dijo, sin detenerse.
—Ahí voy —respondí.
—No seas güey —me soltó—. Aquí no se trata de ser el más fuerte… sino de saber quedarse.
Y siguió su camino, lento, seguro, como si la calle le perteneciera.
Yo lo vi alejarse entre los puestos, los cables, los gritos, los olores. Y pensé que en esta ciudad, donde todo el mundo anda viendo por sí mismo, todavía hay quien se toma el tiempo de vigilar que el desmadre no se desborde.
Jefferson, el gato rey de la calle.
Y yo, el Chispa… nomás tratando de estar a la altura.
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