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EL PETATE DEL MUERTO. Los países gandallas

Por el Perrochinelo, perro callejero, historiador de banquetas y crítico del colonialismo con pulgas

Guau, guau, mi banda pensante (y también la que nomás vino por el chisme). Aquí su perro chilango de confianza, el que se echa sus croquetas con conciencia histórica y no se traga cualquier cuento de “civilización” importada. Porque hoy toca hablar de esos países bien gandallas, los que durante siglos se sirvieron con la cuchara grande… y ahora vienen a darte clases de buenos modales como si nunca hubieran roto un plato.

Ya saben de quién hablo: los que cruzaron mares no pa’ conocer culturas, sino pa’ ver qué se podían llevar. Oro, plata, petróleo, manos de obra, tierras, almas, lo que cayera. Llegaron como invitados y se quedaron como dueños. Y ahora, siglos después, se indignan porque en esas mismas tierras hay pobreza, violencia o “falta de institucionalidad”. ¡No manchen! Es como si el que incendió la casa regresa años después a quejarse del olor a humo.

Ahí tienes a Reino Unido, que armó un imperio donde “nunca se ponía el sol”… porque se lo robaban en todos lados. O a Francia, que todavía anda cobrando favores coloniales como si África fuera su caja chica. Y ni se diga de Estados Unidos, que se pone la capa de superhéroe de la democracia mientras ha metido mano, lana y balas en medio mundo cuando algo no le gusta. Pero eso sí, todos muy dignos, todos muy “preocupados” por la violencia en el sur global.

¡Ay, cuatitos!

Porque ahora resulta que los países que durante décadas (o siglos) sembraron desigualdad, explotación y saqueo, son los primeros en señalar con dedo flamígero: “¿por qué están tan pobres?”, “¿por qué hay tanta violencia?”, “¿por qué no tienen instituciones fuertes?”. Pues porque ustedes llegaron, desarmaron estructuras, impusieron economías extractivas, rompieron tejidos sociales y luego se fueron dejando el cochinero. ¿O cómo era? ¿Pensaban que después de saquear todo iba a brotar la prosperidad como hierba en camellón?

Este perro, que no terminó la primaria pero sí la calle, lo entiende clarito: la violencia no nace de la nada, se cultiva. La pobreza no es accidente, es consecuencia. Y muchos de esos problemas tienen raíces profundas en el colonialismo, en las intervenciones, en las políticas económicas impuestas desde escritorios con aire acondicionado en el primer mundo.

Pero no, ahora se ponen su trajecito de ONG, hablan bonito de derechos humanos y te mandan recomendaciones como si fueran nutriólogos del desarrollo. “Deben mejorar sus instituciones”, dicen… mientras sus empresas siguen exprimiendo recursos y pagando salarios de risa. “Deben combatir la corrupción”… pero sus bancos reciben dinero más sospechoso que político en campaña. “Deben pacificar sus territorios”… pero sus industrias armamentistas venden más plomo que la papelería vende lápices.

¡Qué joya de congruencia, mis estimados!

Y lo más sabroso del caso es que también manejan el discurso. Te venden la idea de que ellos son el modelo a seguir, el estándar de civilidad, el manual del buen ciudadano global. Y si no te ajustas, eres “fallido”, “atrasado”, “problemático”. O sea, primero te rompen las piernas… y luego se burlan porque no corres rápido.

Este lomito no dice que todo sea culpa externa, tampoco se trata de lavarse las manos como si aquí fuéramos santos de yeso. Claro que hay responsabilidad interna, corrupción local, decisiones propias que también han embarrado el panorama. Pero de eso a ignorar la historia y hacerse los sorprendidos, hay un buen tramo… y esos países lo recorren con una cara de “yo no fui” digna de concurso.

Así que la próxima vez que escuchen a algún país muy desarrollado dando lecciones de moral y orden, acuérdense de revisar el expediente histórico. Porque muchos de esos ejemplos de “civilización” se construyeron con saqueo, con violencia y con privilegios que todavía siguen cobrando intereses.

Y aquí va la reflexión perruna, pa’ que no digan que nomás vine a ladrar: el mundo no se arregla con sermones del que abusó, sino con memoria, con justicia y con tantita autocrítica global. Porque mientras los gandallas sigan fingiendo inocencia, y los afectados sigan cargando culpas que no son solo suyas, este desmadre no se va a componer.

Yo por lo pronto me regreso a mi esquina, a ver cómo el mundo se sigue haciendo el sorprendido… mientras la historia, esa sí, no se deja engañar.

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