Por Rebeca Jiménez
El aire todavía temblaba cuando cesó el ruido.
No fue un silencio limpio, sino uno roto, lleno de ecos que persistían como si el cielo se negara a aceptar lo que acababa de ocurrir. El polvo descendía lentamente, cubriéndolo todo con una capa uniforme, indiferente: los muros abiertos, los cuerpos, los objetos cotidianos que ya no tenían dueño.
Samira avanzó entre los escombros sin saber exactamente hacia dónde iba. No corría. Su cuerpo se movía con una precisión extraña, como si cada paso hubiera sido ensayado en otra vida. Tenía la boca seca, pero no sentía sed. Tenía las manos abiertas, como si esperaran algo.
—Yusef… —dijo, pero su voz no encontró respuesta—. Lina…
Los nombres cayeron al suelo, pesados, inútiles.
Horas antes, la casa había sido una casa. Había pan sobre la mesa, ropa doblada en una esquina, la risa breve de Lina que siempre llegaba antes que cualquier explicación. Yusef había salido al patio con una pelota vieja, insistiendo en que el mundo podía reducirse a ese instante: el golpe, el rebote, el juego.
Samira los miraba entonces con una mezcla de amor y una culpa que no lograba nombrar. Pensaba, sin decirlo, que ese momento no podía durar. Que la felicidad, cuando es visible, se vuelve vulnerable.
El bombardeo no anunció su llegada. No hubo advertencia ni tiempo para proteger lo que importaba. Solo un sonido que rompió el aire y, después, la fractura.
Ahora, entre restos de concreto y varillas expuestas, Samira buscaba.
No gritaba. Había entendido —con una claridad que no era pensamiento sino instinto— que gritar implicaba aceptar la ausencia. Y ella aún no estaba dispuesta.
Se agachó junto a un pedazo de tela que reconoció. Era parte del vestido de Lina. Lo sostuvo entre los dedos como si fuera un fragmento de piel. No lloró. El llanto requería una certeza que todavía no tenía.
Alrededor, otras voces comenzaban a surgir. Nombres repetidos, súplicas, órdenes. El mundo se reconstruía en medio del desastre con una lógica precaria: encontrar, identificar, sobrevivir.
Samira siguió avanzando.
En su mente, las imágenes se desordenaban. No eran recuerdos lineales, sino escenas que insistían en superponerse: Lina aprendiendo a escribir su nombre, Yusef negándose a dormir, la discusión trivial de la noche anterior por algo que ahora le parecía obsceno. Había regañado a Yusef por ensuciarse. Le había pedido a Lina que guardara silencio.
Pensó —y ese pensamiento la atravesó como una herida nueva— que tal vez esas habían sido sus últimas palabras hacia ellos.
La culpa apareció entonces, no como una emoción, sino como una certeza física. Se instaló en su pecho, pesada, irreversible. No era culpa por el bombardeo —eso escapaba a cualquier lógica humana—, sino por lo que había quedado sin decir, por lo que había sido dicho de más.
Siguió removiendo escombros con las manos. La piel se le abrió en pequeñas heridas, pero no se detuvo. Cada objeto que encontraba era una prueba ambigua: una señal de vida o un indicio de pérdida.
—Estoy aquí —murmuró, sin saber a quién hablaba—. Estoy aquí.
La frase tenía algo de plegaria, algo de negación.
En un punto, alguien le tocó el hombro. Un hombre cubierto de polvo, con los ojos rojos.
—No hay más —le dijo, con una suavidad que parecía ensayada—. Tienes que salir de aquí.
Samira lo miró sin comprender. “No hay más” no tenía sentido. ¿Más qué? ¿Más cuerpos? ¿Más búsqueda? ¿Más mundo?
Se apartó de él con un gesto lento. No podía aceptar una conclusión que no había presenciado. Su verdad aún estaba en proceso.
Se arrodilló nuevamente, esta vez en un punto donde el suelo parecía ceder. Comenzó a remover con más cuidado. Debajo de una losa pequeña, encontró una mano.
Pequeña.
Inmóvil.
El tiempo, entonces, dejó de avanzar.
Samira no gritó. No hubo un estallido, ni un gesto desbordado. Solo una suspensión. Como si el mundo hubiera contenido la respiración.
Tomó esa mano entre las suyas. Estaba fría, pero no completamente. Esa ambigüedad la sostuvo.
—Lina… —susurró.
No respondió nadie.
Y sin embargo, Samira no soltó la mano.
Porque en ese instante comprendió algo que no podía formular, pero que la atravesó con una claridad insoportable: que el amor no desaparece cuando el cuerpo se extingue, pero tampoco lo salva. Que el vínculo persiste, aunque ya no haya a quién sostener.
El sol comenzaba a descender, tiñendo el polvo de un color tibio, casi amable. Era una luz indecente para tanta destrucción.
Samira cerró los ojos un momento. No para olvidar, sino para sostener lo poco que quedaba.
Cuando los abrió, el mundo seguía ahí. Roto, incompleto, pero insistente.
No había consuelo.
Solo la continuidad.
Y la tarea imposible de seguir nombrando lo que ya no responde.
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