Por MFTX
La celebración de La Flor Más Bella del Ejido no puede entenderse únicamente como un concurso: es, en esencia, una continuidad simbólica de antiguas formas de venerar la vida, la fertilidad y la belleza asociada a la tierra. Su historia se remonta, en un primer momento, a las festividades prehispánicas conocidas como Xochipanias, celebraciones donde se elegía a una joven representante de cada barrio para ofrecer flores a deidades como Tláloc, Xochipilli y Xochiquetzal, en un acto que vinculaba lo femenino con la fertilidad y el equilibrio del mundo natural.
Durante el periodo virreinal, estas prácticas no desaparecieron, sino que se transformaron. Las celebraciones indígenas fueron resignificadas bajo el calendario católico, particularmente en torno al Viernes de Dolores, dando lugar a lo que se conoció como el Viernes de las Flores o Viernes de Amapolas. En estos días, los canales y paseos lacustres, especialmente el antiguo Canal de la Viga, se llenaban de comercio, música, comida y encuentros sociales donde las flores no solo eran mercancía, sino símbolo de identidad y continuidad cultural.
Sin embargo, los cambios urbanos del siglo XIX y principios del XX (la desecación de los canales, la transformación del paisaje lacustre y el crecimiento de la ciudad) provocaron la decadencia de estas festividades. Fue entonces, en el contexto de la reconstrucción cultural del México posrevolucionario, cuando surgió una nueva etapa de esta tradición. En 1921, el concurso de La India Bonita, promovido por el periódico El Universal, buscó exaltar la belleza mestiza como símbolo nacional; más adelante, en 1936, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, se institucionalizó el certamen de La Flor Más Bella del Ejido, enfocado en reconocer a las mujeres de origen campesino y ejidal, portadoras de una identidad profundamente ligada a la tierra.
La celebración, tras pasar por distintos espacios, encontró en Xochimilco su sede definitiva en 1955. No fue casual: este territorio conservaba y conserva, el paisaje chinampero, la tradición agrícola y el imaginario floral que dan sentido a la fiesta. Desde entonces, cada año, mujeres jóvenes provenientes de comunidades con historia ejidal participan representando a sus pueblos, portando atuendos tradicionales del altiplano central: el chincuete, la blusa bordada, el rebozo y las trenzas adornadas. No se trata únicamente de una estética; cada elemento remite a la vida agrícola, a la producción de flores y a la relación cotidiana con la tierra.
Uno de los aspectos más significativos de esta celebración es que las participantes adoptan el nombre de una flor, encarnando simbólicamente el vínculo entre mujer y naturaleza. A través de su presencia, su discurso y su desenvolvimiento, no solo representan belleza, sino también conocimiento, identidad y compromiso comunitario. Las ganadoras, más que reinas de un certamen, se convierten en embajadoras culturales encargadas de difundir y preservar las tradiciones de sus pueblos.
En la actualidad, la Flor Más Bella del Ejido es una de las festividades más importantes de Xochimilco y de la Ciudad de México. Durante varios días, el espacio público se transforma en un escenario donde convergen música, danza, gastronomía, exposiciones artesanales y encuentros comunitarios. La fiesta no solo celebra a la mujer campesina, sino también la persistencia de una identidad que ha resistido los embates de la urbanización.
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