Por Andrea Méndez
Hay algo extraño en enfrentarse a otros rostros. No es una observación cómoda, sino una que se revela poco a poco, como cuando uno se queda en silencio el tiempo suficiente para escucharse de verdad. En Identidad fragmentada, el grabado deja de ser únicamente una técnica para convertirse en una forma de pensar la identidad y la memoria. Cada línea tallada parece buscar una respuesta a una pregunta que no se formula en voz alta: ¿qué parte de nosotros permanece y cuál se transforma sin darnos cuenta? Al ver la exposición de Félix Ayurnamat en Yila’ob, tuve la sensación de que los rostros no estaban terminados, no porque les faltara algo, sino porque estaban en proceso, como si aún respiraran dentro de la placa.
Lo que más me detuvo fue esa tensión entre unidad y ruptura. Hay miradas que parecen sostenerse firmes, pero al mismo tiempo están atravesadas por ritmos de línea que las desestabilizan. Es como si cada retrato contuviera versiones simultáneas de una misma persona: la que fuimos, la que creemos ser y la que los otros perciben. En ese sentido, el trabajo de Félix no busca resolver la identidad, sino acompañarla en su inestabilidad. Y eso, curiosamente, resulta reconfortante. Porque uno entiende que no tiene que ser una sola cosa, que también está hecho de cortes, de capas, de decisiones que no siempre encajan del todo.
La materialidad del grabado se vuelve clave. Hay algo casi corporal en la forma en que la gubia hiere la superficie. No lo percibo como violencia, sino como una forma de inscripción necesaria: para que la imagen exista, algo debe ceder. Y eso resuena con la experiencia de vivir. También nosotros nos vamos marcando con el tiempo, con lo que elegimos y con lo que nos ocurre sin pedir permiso. Las texturas, los contrastes abruptos entre blanco y negro, no son decorativos; son la evidencia de ese proceso. Son memoria convertida en superficie.
Me quedé pensando en cómo la fragmentación aquí no es pérdida, sino posibilidad. Cada plano, cada interrupción de la línea, abre una nueva lectura. El ojo no descansa, recorre, duda, vuelve. Es un ejercicio de atención que, sin darse cuenta, se vuelve también un ejercicio de introspección. Uno empieza mirando al otro y termina preguntándose por sí mismo.
Termine de verla con una sensación tranquila, como cuando aceptas algo que ya sabías pero no habías nombrado. Que no somos una forma fija. Que cambiar no es fallar. Que incluso en nuestras fracturas hay una coherencia secreta. Y quizá eso es lo que hace valiosa esta exposición: no intenta definir quiénes somos, sino recordarnos que estamos en constante construcción, y que en ese proceso, imperfecto, múltiple, abierto, también hay una forma de belleza.

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