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EL POEMA INVITADO. HIPOCRESÍA

HIPOCRESÍA

 

Liturgia de las máscaras

La hipocresía no grita,

se viste de lino limpio

y aprende a sonreír en los espejos correctos.

 

Habla con voz de incienso,

promete redención en cada gesto,

mientras esconde en los bolsillos

las uñas sucias del deseo.

 

La he visto caminar entre nosotros

como una santa domesticada,

besando mejillas con labios que juzgan,

bendiciendo con manos

que tiemblan de culpa no asumida.

 

Dice amar la verdad,

pero la maquilla,

le corrige las imperfecciones,

la vuelve aceptable

para no incomodar a nadie.

 

Es un teatro sin telón,

donde todos saben su papel

y nadie recuerda

cuándo empezó la obra.

 

Nos arrodillamos ante ella

porque nos reconoce,

porque nos absuelve

de lo que no queremos mirar.

 

¿Quién no ha sido doble?

¿Quién no ha ocultado

un incendio bajo la alfombra?

 

La hipocresía no es ajena,

vive en el pliegue de la lengua,

en la pausa antes del juicio,

en la palabra que decimos

para no decir lo que arde.

 

Es un pacto silencioso:

yo no nombro tu herida,

tú no revelas la mía.

 

Y así sobrevivimos,

envueltos en una verdad a medias,

respirando un aire corregido,

mientras el alma —esa traidora—

golpea desde adentro

pidiendo ser vista

sin maquillaje,

sin absolución,

sin miedo.

 

Pero la dejamos allí,

tocando la puerta,

porque abrir

sería romper el espejo

y vernos, por fin,

sin el consuelo

de la mentira.


OA

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