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RESONANCIAS. ¿Qué sucede en Irán?

 Por TPS

Hay que entender el lugar de Irán en el mundo, no estamos hablando simplemente de un país más en conflicto con Occidente. Irán es, en muchos sentidos, una bisagra geopolítica. Un punto donde se cruzan la historia imperial, las rutas energéticas, las resistencias del sur global y las tensiones de un orden internacional que ya no logra sostenerse sin recurrir a la violencia.

Irán no es importante sólo por su tamaño o su población. Lo es porque controla o puede afectar directamente, uno de los puntos más sensibles del planeta: el estrecho de Ormuz, por donde pasa cerca del 20% del petróleo mundial. Y eso, en el lenguaje real de la geopolítica, significa poder. No poder simbólico, sino material: la capacidad de alterar economías enteras, de presionar mercados, de desestabilizar gobiernos a miles de kilómetros de distancia.

Pero reducir a Irán a petróleo sería simplificar demasiado. Su importancia radica también en su papel como actor que ha desafiado, durante décadas, la hegemonía de Estados Unidos en Medio Oriente. No lo hace desde la pureza ideológica, porque ningún Estado es puro, sino desde una lógica de supervivencia y proyección regional. Ha construido redes de influencia en Líbano, Irak, Siria y Yemen, generando lo que muchos llaman un “eje de resistencia”. Esto lo convierte en un actor difícil de aislar y aún más difícil de derrotar.

Por eso, cuando veo la guerra actual impulsada por Donald Trump y Benjamin Netanyahu, no la entiendo como una intervención puntual, sino como un intento de reconfigurar el equilibrio regional a favor de un orden cada vez más militarizado. Pero aquí es donde, honestamente, creo que ambos están subestimando el costo.

Primero, el costo económico global. Ya lo estamos viendo: los precios del petróleo se disparan, las rutas comerciales se vuelven inestables y la incertidumbre se extiende como una onda expansiva. No es una exageración decir que una guerra prolongada con Irán podría desencadenar una crisis económica global comparable o incluso peor a otras crisis recientes. Porque cuando el flujo energético se ve amenazado, todo se encarece: alimentos, transporte, producción.

Segundo, el costo geopolítico. Algo que me parece clave y que muchos análisis occidentales ignoran es que esta guerra está debilitando a Estados Unidos en otros frentes. Mientras concentra recursos en Medio Oriente, China gana margen en Asia y Rusia reorganiza su influencia. Es decir, al intentar reafirmar su poder en una región, Estados Unidos lo pierde en otra. Es una sobreextensión clásica de los imperios en declive.

Tercero, el costo militar y estratégico. Irán no es Irak en 2003. No es un Estado aislado, ni débil, ni fácil de ocupar. Tiene capacidad de respuesta, aliados regionales y una geografía compleja. Ya estamos viendo ataques a infraestructura, rutas marítimas y objetivos estratégicos que demuestran que este no será un conflicto limpio ni rápido. Y lo más importante: Irán no necesita ganar la guerra en términos clásicos; le basta con resistir para convertirla en un desgaste insoportable para sus adversarios.

Cuarto, el costo político interno. Trump ya enfrenta presiones internas por el impacto económico y la incertidumbre que genera la guerra. Y Netanyahu, por su parte, depende de un estado permanente de conflicto para sostener su legitimidad. Pero esa estrategia tiene un límite: cuando la guerra deja de ser controlable, también deja de ser útil políticamente.

Ahora, desde una mirada más profunda histórica y antropológica, yo no puedo evitar ver esta guerra como un choque entre dos tiempos. Por un lado, el tiempo del imperialismo tardío, que intenta reafirmarse mediante la fuerza. Por otro, el tiempo de un mundo multipolar que ya no acepta tan fácilmente ese dominio.

Y ahí está la verdadera razón por la que esta guerra puede ser tan costosa: porque no se trata sólo de Irán. Se trata de la transición de un orden global. Y esas transiciones, lo sabemos por la historia, rara vez son pacíficas.

Lo más inquietante para mí no es sólo lo que perderán Trump o Netanyahu que ya es mucho, sino lo que puede perder el mundo: estabilidad económica, seguridad energética, vidas humanas, y la ya frágil confianza en cualquier forma de derecho internacional. Porque cuando las grandes potencias deciden que la guerra es una herramienta legítima para resolver disputas estructurales, lo que se rompe no es sólo un país: es la idea misma de comunidad internacional.

Creo que debemos entender algo con claridad: esta guerra no es inevitable, es una decisión política. Y como toda decisión política, responde a intereses concretos: control de recursos, hegemonía regional, supervivencia de élites en crisis.

Frente a eso, nuestra tarea no es tomar partido por algún país, sino por los pueblos. Entender que, en medio de este ajedrez de poder, quienes siempre pagan el precio son los mismos: civiles, trabajadores, migrantes, comunidades enteras convertidas en daños colaterales.

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