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PERSPECTIVAS. Chucho Reyes

Fuente: https://www.museocjv.com/chuchoreyesignhern_archivos/image003.jpg


Por Félix Ayurnamat

José de Jesús Benjamín Buenaventura de los Reyes y Ferreira, mejor conocido como Chucho Reyes, por lo menos para mi es difícil ubicarlo dentro de las categorías habituales de la historia del arte mexicano. Fue pintor, sí, pero también anticuario, coleccionista, decorador, escenógrafo y una especie de consejero estético cuya influencia se extendió mucho más allá de los límites de sus propias obras. Su caso me parece muy interesante porque demuestra que la creación artística no siempre surge de las universidades de arte ni de los manifiestos; a veces nace de la observación paciente de los objetos cotidianos, de las fiestas populares, de los mercados, de los colores que sobreviven en la memoria colectiva.

Chucho Reyes nació en Guadalajara en 1880 y creció rodeado de antigüedades, artesanías y objetos provenientes de distintas épocas. Su padre, Buenaventura Reyes, era anticuario y estudioso de las artes, de modo que el contacto con el patrimonio visual ocurrió desde muy temprano. Sin embargo, lo que más me interesa de su trayectoria es que nunca siguió una formación académica convencional. Aprendió mirando, coleccionando y conviviendo con las expresiones populares que muchos intelectuales de su tiempo consideraban menores. Esa libertad frente a las normas artísticas le permitió desarrollar una sensibilidad propia que terminó influyendo en algunas de las figuras más importantes de la cultura mexicana del siglo XX. Como el caso de Luis Barragán, Mathias Goeritz y Juan Soriano, quienes reconocieron en él una comprensión singular del color y del espacio. 

Al ver sus papeles pintados me recuerdan a una celebración que ocurre al mismo tiempo en la memoria y en la materia. Chucho trabajó mucho sobre papel de china, un soporte frágil y barato asociado tradicionalmente con adornos festivos, envolturas o papel picado. Lo que podría parecer para muchos un material “pobre” se convirtió en el centro de su lenguaje artístico. Hay algo muy significativo en esa elección. Mientras buena parte del arte moderno buscaba legitimarse mediante materiales nobles o discursos de vanguardia, Chucho decidió trabajar con aquello que estaba al alcance de cualquiera. Sus animales, flores, diablos, gallos, santos, arlequines y figuras fantásticas parecen salir de las fiestas, de los cotidiano o de las celebraciones populares. 

Frecuentemente se habla de él como un pintor del color, pero creo que esa descripción es insuficiente. Lo que yo veo en su trabajo no es solamente una exploración cromática; es una forma de entender la cultura mexicana desde sus manifestaciones más vivas. Los rosas encendidos, los amarillos intensos, los rojos profundos y los azules luminosos no funcionan como adornos. Son estructuras emocionales. Organizan la imagen y producen una experiencia que oscila entre la alegría popular y cierta inquietud. 

También me parece importante recordar que Chucho desarrolló gran parte de su obra cerca de los 60 años. De hecho, una parte considerable de su obra fue realizada después de trasladarse a la Ciudad de México. Ese dato rompe con la idea romántica del genio precoz. Su vida muestra que la creación artística puede consolidarse lentamente, alimentándose de experiencias acumuladas durante décadas. 

Al ver sus gallos, caballos o figuras híbridas, no pienso únicamente en la pintura. Pienso en la arquitectura mexicana del siglo XX. Pienso en los muros de Barragán y en la manera en que el color construye atmósferas. No es casualidad. Chucho asesoró proyectos cromáticos y participó como referente estético en procesos que terminaron influyendo en la identidad visual moderna de México. Incluso colaboró en la concepción cromática de las Torres de Satélite junto con Goeritz y Barragán. 

Lo que más admiro de él es que nunca intentó separar el arte de la vida cotidiana. Su colección de artesanías, juguetes, exvotos, objetos virreinales y piezas populares formaba parte del mismo universo que alimentaba sus pinturas. En ese momento donde todavía existían jerarquías muy delimitadas entre las llamadas bellas artes y las expresiones populares, Chucho entendió que ambas podían dialogar sin problemas. Esa intuición parece especialmente vigente hoy, cuando muchos artistas contemporáneos vuelven la mirada hacia los saberes comunitarios, las tradiciones locales y las culturas materiales que durante mucho tiempo permanecieron fuera de los relatos oficiales.

Posiblemente para muchos Chucho Reyes ocupa un lugar discreto dentro de la historia del arte mexicano. Quizá porque no perteneció de manera directa a los grandes movimientos que suelen enseñarse. Sin embargo, cada vez que veo su obra encuentro una lección que sigue siendo relevante: la modernidad no necesariamente consiste en romper con la tradición. En ocasiones consiste en volver a verla con otros ojos.


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