Por Rebeca Jiménez
Patricia encontró a la felicidad una tarde de jueves, sentada en una banca oxidada junto a la fuente seca de un parque.
No fue un descubrimiento extraordinario.
La felicidad no emitía luz ni estaba rodeada de mariposas. No tenía el rostro de una mujer hermosa ni el de un hombre sabio. Parecía una persona cualquiera: unos cuarenta años, ropa sencilla, una expresión tranquila que resultaba difícil de recordar apenas se apartaba la vista.
Patricia se sentó a su lado porque no había otro lugar libre.
Tenía veinticinco años y una tristeza que procuraba disimular con eficiencia. Era una tristeza moderna, hecha de expectativas incumplidas y comparaciones constantes. Había terminado una relación seis meses antes. Conservaba un trabajo que no le gustaba pero tampoco odiaba. Tenía amigos, salud, proyectos. Sin embargo, vivía con la sensación de que algo importante estaba ocurriendo en otra parte.
La desconocida observó el cielo gris.
—Llegas tarde.
—¿Perdón?
—Te he estado esperando.
Patricia soltó una risa nerviosa.
—Creo que me confunde con alguien.
—No. Eres Patricia.
Aquello debería haberla asustado. Sin embargo, sintió una calma extraña.
—¿Y quién es usted?
La mujer sonrió.
—Soy la felicidad.
Patricia volvió a reír.
—Esperaba algo más impresionante.
—Lo sé.
La respuesta la desconcertó.
Durante unos segundos permanecieron en silencio. El viento movía algunas hojas secas alrededor de la fuente vacía.
—Si realmente fueras la felicidad —dijo Patricia—, yo sería más feliz.
—¿Más feliz que cuándo?
—Que ahora.
—¿Y cómo debería sentirse el ahora?
Patricia abrió la boca para responder, pero no encontró palabras precisas.
Pensó en el departamento pequeño donde vivía. En el salario insuficiente. En los cuatro kilos que quería perder. En el exnovio que ya parecía enamorado de alguien más. En los viajes que aún no hacía.
La felicidad la observaba con paciencia.
—Siempre me reciben igual.
—¿Cómo?
—Como si fuera una promesa incumplida.
Patricia sintió cierta irritación.
—Porque eso eres.
La mujer negó con suavidad.
—No. Yo soy lo que ocurre mientras esperas otra cosa.
Patricia miró hacia otro lado.
Aquella frase le recordó una tarde de infancia. Tenía nueve años. Estaba acostada sobre el césped del patio de su abuela viendo pasar las nubes. Recordó el olor de las bugambilias, el ruido lejano de una licuadora, la certeza absoluta de que no necesitaba nada más.
La memoria apareció apenas un instante y desapareció.
—Eso es nostalgia —dijo Patricia.
—No. Eso fui yo.
La felicidad cruzó las piernas.
—Siempre me abandonan cuando aparezco.
—Eso no tiene sentido.
—Claro que sí. Cuando encuentran el amor, comienzan a preocuparse por perderlo. Cuando consiguen dinero, quieren más. Cuando están sanos, temen enfermar. Cuando son jóvenes, desean ser mayores. Cuando envejecen, darían cualquier cosa por volver atrás.
Patricia guardó silencio.
La mujer continuó:
—Los seres humanos tienen una relación muy extraña conmigo. Dicen buscarme, pero cuando llego empiezan a examinarme como si fuera un producto defectuoso.
Patricia sintió una punzada incómoda.
Pensó en Daniel, su antiguo novio.
Durante los primeros meses había sido feliz. Lo sabía ahora. Habían cocinado juntos, caminado bajo la lluvia, compartido madrugadas absurdas hablando de películas y del futuro.
Pero incluso entonces ella encontraba motivos para sentirse insatisfecha.
Daniel no era suficientemente ambicioso.
O demasiado ambicioso.
No era tan romántico como deseaba.
O era demasiado dependiente.
Siempre existía algo.
Algo que impedía descansar dentro de lo que ya poseía.
—¿Sabes cuál es el problema? —preguntó la felicidad.
—¿Cuál?
—Que ustedes confunden la felicidad con la perfección.
Patricia bajó la mirada.
La fuente vacía parecía más profunda bajo la luz del atardecer.
—¿Y qué eres entonces?
La mujer tardó en responder.
—Soy un instante. Un perfume. Una temperatura del alma.
—Eso suena decepcionante.
—Lo es.
Sonrió.
—Por eso me dejan ir tan fácilmente.
Patricia observó sus propias manos.
De pronto comprendió algo que la avergonzó.
Había pasado años imaginando una versión ideal de sí misma: más bella, más inteligente, más amada, más exitosa. Y mientras perseguía aquella mujer imaginaria, despreciaba sistemáticamente a la mujer real.
A la que desayunaba sola.
A la que se equivocaba.
A la que todavía no entendía qué hacer con su vida.
Sintió una tristeza profunda.
—Creo que nunca he sabido disfrutarte.
—Nadie sabe.
—Entonces, ¿para qué existes?
La felicidad levantó la vista hacia los árboles.
—Para que me extrañen.
Patricia sintió que aquella respuesta era cruel.
Y verdadera.
La tarde comenzaba a oscurecer.
Algunos niños cruzaron corriendo el parque. Una pareja discutía cerca de la salida. Un perro perseguía una bolsa de plástico arrastrada por el viento.
Escenas comunes.
Pequeñas.
Insignificantes.
Por primera vez en mucho tiempo, Patricia las observó sin impaciencia.
Había belleza en aquella simpleza.
Una belleza frágil que no prometía eternidad.
Entonces comprendió algo más.
La felicidad no era una meta. Ni una recompensa. Ni un estado permanente.
Era aquello que desaparecía en el mismo instante en que comenzábamos a exigirle más de lo que podía dar.
Volteó para decir algo.
Pero la banca estaba vacía.
La mujer ya no estaba.
Patricia sonrió.
Y, como suele ocurrir con los seres humanos, apenas la felicidad se marchó comenzó a extrañarla. Sin embargo, esta vez el dolor era distinto.
Porque al levantarse y caminar hacia su casa, mientras el cielo se oscurecía lentamente sobre la ciudad, tuvo la sospecha de que la felicidad no se había ido realmente.
Quizá seguía allí.
Escondida en el ruido de sus pasos.
En el aire fresco de la tarde.
En la simple y misteriosa circunstancia de estar viva.
Esperando, como siempre, a que alguien dejara de buscarla para poder encontrarla.
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