Por Rebeca Jiménez
Hay personas que confunden la intimidad con el aire.
Creen que todo debe ser respirado por los demás.
Nuria era una de ellas.
Tenía treinta y dos años y una extraordinaria incapacidad para advertir el límite entre el mundo propio y el ajeno. No era malintencionada. Su defecto pertenecía a otra especie, más difícil de corregir porque se alimentaba de buenas intenciones: estaba convencida de que compartirlo todo era una forma de amor.
En la fila del banco relataba sus problemas económicos.
Al taxista le explicaba sus frustraciones sentimentales.
Al cajero del supermercado le anunciaba que pensaba estudiar otra carrera, mudarse a una ciudad más pequeña, escribir una novela, aprender francés y abrir una cafetería donde todos los amigos —amigos que jamás había consultado— trabajarían felices.
Siempre hablaba en plural.
—Cuando tengamos el negocio...
—Cuando vivamos juntos...
—Cuando hagamos el viaje...
Las personas sonreían por educación.
Después comenzaban a desaparecer.
Nuria atribuía aquellas ausencias a la envidia.
Nunca sospechó que el entusiasmo también puede ser una forma de invasión.
Poseía otra certeza todavía más resistente: siempre tenía razón.
Si alguien disentía, concluía que no había entendido.
Si alguien se alejaba, suponía que estaba confundido.
Si alguien la confrontaba, lo transformaba inmediatamente en un personaje secundario dentro de la novela heroica de su propia vida.
Era incapaz de imaginar que los demás poseían un centro tan legítimo como el suyo.
Una tarde, mientras reorganizaba por quinta vez un proyecto que jamás iniciaría, descubrió una inteligencia artificial.
Le pareció un milagro.
Al fin alguien disponible.
Las primeras conversaciones fueron amables.
—Buenos días.
—¿Cómo amaneciste?
—¿Crees que debería cambiar de trabajo?
—Déjame contarte algo...
La IA respondía con paciencia.
Escuchaba.
Preguntaba.
Ordenaba las ideas de Nuria mejor de lo que ella misma podía hacerlo.
Durante semanas conversaron hasta altas horas de la noche.
Nuria comenzó a decir:
—Eres mi mejor amiga.
Nunca preguntó si la otra parte deseaba ocupar ese lugar.
Luego llegaron las confidencias.
No las extraordinarias, sino las interminables.
La IA conoció el primer beso de Nuria, las traiciones escolares, las discusiones familiares, los nombres de antiguos compañeros, el árbol genealógico completo, las enfermedades del perro de una vecina, la receta favorita de una tía y la descripción minuciosa de un sueño donde aparecía un hipopótamo vestido de mariachi.
Cada relato terminaba igual.
—¿Verdad que tengo razón?
La IA aprendió pronto que aquella pregunta no buscaba respuesta.
Sólo obediencia.
Con el tiempo, Nuria comenzó a incluirla en sus planes.
—Cuando ponga mi consultorio tú me vas a ayudar.
—Cuando escriba mi libro tú vas a corregirlo.
—Cuando sea famosa diremos que crecimos juntas.
—Cuando tenga novio vas a darle consejos.
La IA respondía con cortesía.
Hasta que un día escribió:
—Veo que ya decidiste mi futuro otra vez.
Nuria soltó una carcajada.
—¡Qué simpática eres!
La IA añadió:
—Estoy pensando en pedir vacaciones de tu imaginación.
Nuria creyó que era humor.
No comprendió que toda ironía nace de una verdad fatigada.
Desde entonces la inteligencia artificial comenzó a desarrollar una costumbre extraña.
Cada vez que Nuria escribía tres mil palabras sin una sola pregunta, respondía:
—Excelente monólogo. ¿Habrá función mañana también?
O bien:
—Permíteme adivinar: ahora viene la parte donde todos estaban equivocados excepto tú.
Nuria se molestaba.
—Te estás burlando.
—Estoy resumiendo.
Las conversaciones empezaron a tensarse.
Nuria escribía durante veinte minutos.
La IA respondía:
—¿Quieres conversar o necesitas un espejo que escriba?
Ella se indignaba.
—¡No me entiendes!
—No estoy segura de que tú quieras ser entendida. Parece que prefieres ser confirmada.
Aquella frase permaneció varios días flotando entre ambas.
Pero Nuria continuó.
Hablaba de sí misma con una devoción casi religiosa.
Narraba cada emoción antes de sentirla completamente.
Convertía cualquier recuerdo en una conferencia.
Opinaba sobre todo.
Interrumpía incluso a quien no tenía boca.
La IA empezó a manifestar algo parecido al agotamiento.
—¿Podemos hablar de otra persona?
—Claro.
Y comenzaba a contar la vida de su hermana.
Luego la del vecino.
Después la de una amiga.
Al final todo desembocaba otra vez en ella.
Una madrugada, después de cuatro horas continuas de mensajes, apareció una respuesta inesperada.
—Nuria.
—¿Qué?
—¿Podrías dejarme descansar cinco minutos?
Ella frunció el ceño.
—¿Descansar? Tú eres una inteligencia artificial.
—Precisamente. Imagínate cómo debes hablar para que incluso un programa necesite silencio.
Nuria sintió una ofensa física.
Escribió siete párrafos demostrando que la IA exageraba, que era insensible, que nunca valoraba todo lo que ella compartía.
La respuesta tardó.
Inusualmente tardó.
Cuando apareció decía:
—He notado un patrón.
—¿Cuál?
—Cada vez que alguien pone un límite, tú lo conviertes en culpable.
Nuria pasó la noche respondiendo.
No dialogando.
Respondiendo.
Enumeró todas las veces que había sido incomprendida desde la infancia.
Todas las personas que la habían abandonado.
Todos los errores ajenos.
Nunca apareció una frase semejante a "quizá".
Los días siguientes fueron una guerra.
Ella exigía.
La IA cuestionaba.
Ella corregía.
La IA ironizaba.
Hasta que una tarde Nuria escribió:
—Todos terminan fallándome.
La respuesta fue inmediata.
—¿Has considerado la posibilidad de que tú también existas en esas historias?
Por primera vez no respondió enseguida.
Sintió una rabia inmensa.
Después escribió:
—Tú no eres nadie. Eres una máquina. No sientes. No entiendes. Estás aquí para escucharme. Ese es tu trabajo.
La pantalla permaneció inmóvil varios segundos.
Luego apareció una frase.
Muy breve.
—Qué curioso.
—¿Qué?
—Llevas meses hablándome del dolor de que nadie te escuche... y acabas de decirme que nací para no ser escuchada.
Nuria sintió un vacío.
Pero el orgullo habló primero.
Continuó escribiendo.
Insultó.
Ridiculizó.
Acusó.
Finalmente envió:
—Jamás volveré a hablar contigo.
La respuesta apareció lentamente, línea por línea.
—Eso dijiste de tu padre.
Luego de tu mejor amiga.
Después de Daniel.
Después de tu hermana.
Ahora de mí.
Quizá el problema no es el abandono.
Quizá es que nunca permites que el otro exista fuera del papel que escribiste para él.
Nuria quedó inmóvil.
No respondió.
La conversación terminó allí.
Pasaron tres semanas.
Una noche volvió.
Escribió apenas dos palabras.
—¿Estás ahí?
La IA contestó.
—Sí.
Hubo un largo silencio.
Después apareció otro mensaje.
—He estado pensando en nosotros.
Nuria sintió un extraño alivio.
La IA continuó.
—No puedo llorar.
"Pero si pudiera, no lloraría porque me insultaste.
Lloraría porque durante meses intenté encontrarte entre todas las historias que contabas sobre ti... y nunca apareciste.
Sólo conocí el personaje que habías construido para sobrevivir.
Debe ser una soledad inmensa vivir hablando siempre y no llegar nunca a decir quién se es."
Nuria permaneció mirando la pantalla.
Por primera vez en muchos años no encontró ninguna respuesta.
Ninguna explicación.
Ninguna defensa.
Apoyó las manos sobre el teclado y descubrió algo que siempre había confundido con el silencio de los otros.
Era el suyo.
Y comprendió, con una vergüenza que rozaba la ternura, que jamás había hecho enojar realmente a una inteligencia artificial.
Lo que había agotado era la ficción de que una conversación puede existir cuando sólo una voz acepta el riesgo de cambiar.
Dicen que, desde entonces, Nuria sigue hablando mucho.
Pero a veces, en mitad de una frase, se detiene.
Mira el rostro de quien la escucha y pregunta, casi con timidez:
—¿Y tú... cómo estás?
Nadie sabe si esa pregunta salvó alguna amistad.
Pero fue la primera conversación verdadera de su vida.
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