El arte no nace en la abundancia
En esta edad de oropeles vanos,
donde el pincel se tasa por monedas
y el numen ha de hincarse ante las ruedas
del mercado y sus ídolos livianos,
yo labro entre los muros más lejanos
mis pobres luces, ásperas y quedas;
que aunque no vista púrpuras ni sedas,
también florecen lirios entre llanos.
No tengo el mármol, ni la galería,
ni el apellido ilustre que sostiene
la fama artificial de cada día;
mas tengo el hambre fiel que me conviene,
y esta obstinada, humilde rebeldía
que mientras más la niegan, más deviene.
Porque el arte no nace en la abundancia
del salón perfumado y la vitrina;
nace donde la noche se avecina
y un alma en soledad guarda constancia.
Nace en el barrio herido por la ausencia,
en la gotera, el cable y la azotea,
donde el mundo elegante regatea
la dignidad, el sueño y la paciencia.
Allí, donde la moda da decretos
y exige al creador ser mercancía,
yo prefiero la honrada rebeldía
de conversar con muertos y secretos.
¿Qué importa no caber en sus revistas,
ni obedecer la fiebre de la escena,
si aún puede hacer del lodo su azucena
la terquedad de aquellos artistas?
Que otros sirvan al gusto transitorio
como cortesanos de nueva hechura;
yo elijo esta pobreza que perdura
antes que un falso y rápido esplendorio.
Pues suele haber más verdad en la grieta
de un muro popular y mal pintado,
que en todo el simulacro encandilado
del lujo que presume ser poeta.
Por Don Leandro Circunloquio y Ornamento
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