Por El Perrochinelo
Hay gente que reconoce la Ciudad de México por el Ángel, por Bellas Artes o por los sonidos de la ciudad cuando cae la tarde.
Yo la reconozco por sus personajes.
Y uno de esos personajes vive o quizá simplemente aparece en la banqueta de Isabel la Católica frente al templo de La Profesa.
No vive ahí exactamente.
Más bien ocurre ahí.
Desde hace veinte años.
O más.
Ya perdí la cuenta.
Siempre lo encuentro igual.
No importa si es enero y el aire frío corta la cara o si julio convirtió a Madero en un río de paraguas baratos.
Él llega por la mañana, despacio, como quien conoce la velocidad exacta que necesita para no llamar la atención. Tendrá unos sesenta años ahora; cuando lo vi por primera vez apenas rebasaba los cuarenta. El cabello se le fue volviendo gris sin que uno notara el momento preciso, igual que las fachadas del Centro Histórico se ennegrecen sin que nadie vea cuándo cayó el primer hollín.
Trae una mochila verde militar que ya perdió el color hace décadas.
Unas herramientas.
Un trapo.
Y un pedazo de madera.
Nada más.
Primero inspecciona la banqueta.
No cualquier pedazo le sirve.
Se mueve unos centímetros.
Luego otros.
Apoya la espalda contra el muro de piedra.
Prueba.
Niega con la cabeza.
Avanza un poco más.
Hasta que encuentra ese rincón donde el muro y el piso parecen acomodarse exactamente a la forma de su cuerpo.
Entonces suspira.
Como si hubiera llegado a su casa.
Saca un formón.
Después otro.
Una gubia.
Una lija.
Acomoda todo a lado de el con una precisión casi religiosa.
Y comienza.
Tac.
Tac.
Tac.
Los golpes apenas se escuchan entre los organilleros desafinados, los vendedores callejeros, el rumor de los autos por Isabel la Católica y los turistas que fotografían hasta las palomas.
Yo pasaba por ahí seguido.
A veces rumbo al trabajo.
A veces nomás porque el Centro tiene esa mala costumbre de llamarte cuando uno cree que ya no necesita caminarlo.
Y siempre está.
Siempre.
Tallando.
Nunca repite una figura.
Un día es un ángel.
Otro una virgen.
Luego un santo.
Después un niño dormido.
Hasta un diablo con cara de burócrata vi una vez.
Las figuras salen despacito, como si ya estuvieran escondidas dentro de la madera y él solamente les quitara lo que les estorbaba para respirar.
La gente se acerca.
Lo mira trabajar.
Le toma fotos sin preguntar.
Hay quien deja monedas.
Él las devuelve.
Hay quien insiste.
Las deja en el piso.
Él espera que se vayan y las pone discretamente sobre la limosna de algún anciano.
Nunca se las queda.
Una vez una señora muy elegante, de esas que hablan fuerte para que todos sepan que estudiaron en escuela privada, le preguntó:
—¿Cuánto cuesta esa virgencita?
Sin dejar de tallar respondió:
—No se vende.
—Bueno, pero ¿cuánto quiere?
Tac.
Tac.
Tac.
—Que no se vende.
—Todo tiene un precio.
Ahora sí levantó la vista.
Tenía unos ojos cansados.
No enojados.
Cansados.
—Usted también.
Pero todavía no se da cuenta.
La señora hizo una mueca.
—Viejo grosero.
Y se fue.
Él siguió trabajando.
Como si nada.
Otra vez un turista francés quiso comprarle una figura.
Le ofreció euros.
Muchos.
El señor nomás soltó una risita seca.
—Llévese la iglesia si quiere.
La banda que en la calle ya lo conoce.
Los boleros también.
Los polis.
Los que duermen frente a la iglesia.
Todos.
—¿Qué onda, maestro?
Él levanta apenas dos dedos.
No habla más.
Un día, después de casi cinco años de verlo, me animé.
—Oiga...
Ni levantó la cabeza.
—¿Qué?
—¿Nunca las vende?
Silencio.
Tac.
Tac.
Tac.
—No.
—¿Y entonces para qué las hace?
La gubia dejó de moverse.
Por un instante pensé que me iba a mandar mucho al carajo.
Pero sólo dijo:
—Pa' que existan.
Y siguió tallando.
Me dejó más confundido que antes.
Porque en esta ciudad todo el mundo vende algo.
Tiempo.
Trabajo.
Cuerpo.
Opiniones.
Milagros.
Influencias.
Esperanza.
Hasta los santos tienen tarifa.
Pero aquel hombre no.
Con los años empecé a inventarle historias.
Que si era un escultor famoso que se volvió loco.
Que si había perdido un hijo.
Que si cumplía una manda.
Que si un sacerdote le había salvado la vida.
Que si era un fantasma.
Porque el Centro está lleno de fantasmas que aprendieron a mezclarse con los vivos.
Y la verdad es que él tenía algo de aparición.
Nunca lo vi comer.
Nunca fumar.
Nunca entrar al templo.
Nunca salir del templo.
Nunca recoger una figura al terminar.
Porque ésa era otra cosa rara.
Al caer la tarde guardaba las herramientas.
Se levantaba despacio.
Le daba una última pasada con la mano a la madera.
Y la dejaba apoyada junto al muro.
Como quien deja pan para los pájaros.
Al día siguiente ya no estaba.
Nunca supe quién se las llevaba.
Tal vez algún sacerdote.
Tal vez un vagabundo.
Tal vez nadie.
Tal vez desaparecían solas.
Hace poco regresé.
Veinte años después de haberlo visto por primera vez.
Ahí estaba.
Más encorvado.
Más flaco.
Más gris.
Pero con las mismas manos tercas.
Tallando otra figura.
Pensé en preguntarle su nombre.
En saber por fin quién era.
Luego entendí que era una pregunta inútil.
Hay personas que pertenecen más a una esquina que a un acta de nacimiento.
Mientras me alejaba escuché a un chamaco preguntarle:
—¿Oiga, jefe... y sí quedan bonitas?
El viejo sonrió apenas.
Una sonrisa mínima.
Casi clandestina.
—No sé.
Eso lo decide la madera.
Seguí caminando por Madero entre la multitud que iba comprando tenis, lentes, cafés de cadena y recuerdos que acabarían olvidados en un cajón.
Y pensé que quizá ese hombre era el último artesano de una ciudad que ya casi no fabrica nada que no tenga código de barras.
O quizá era un penitente.
O un loco.
O un fantasma.
En el Centro Histórico esas categorías llevan siglos dejando de ser distintas.
Y sospecho que, el día que ya no lo encuentre sentado frente a La Profesa, no pensaré que murió.
Pensaré que, por fin, terminó de sacar de la madera la figura que llevaba veinte años buscando.
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