Por El Perro Chinelo
A las cinco cincuenta y cinco de la mañana, cuando la colonia todavía está entre el sueño y la chinga, don Andrés ya está estacionado en la esquina de la farmacia.
Su triciclo parece tener más años que la mayoría de las casas de la cuadra. Amarillo brillante. Al frente lleva la cafetera de aluminio, los vasos de unicel, el azúcar, la leche.
A las seis en punto comienza la venta
—¡Café bien cargadito, jóvenes! ¡Para que no anden con cara de difunto por la calle!
Y llegan los primeros.
Don Andrés tiene esa habilidad rara de conocer a todo mundo sin meterse demasiado en la vida de nadie. Sabe quién va en primaria, quién entró a la secundaria, quién ya está en la universidad, quién consiguió chamba, quién perdió el trabajo y quién se compró un carro que todavía debe hasta el 2042.
A los niños les habla como si fueran adultos.
—¡Órale, campeón! ¿Ya llevas la tarea?
—Sí, señor.
—¿Y te portaste bien?
—Sí.
—¡No me estés choreando! Tu cara dice otra cosa.
Los chamacos se ríen.
A las chavitas de secundaria les dice:
—Buenos días, señoritas. No se me distraigan con los galanes, primero la escuela.
—¡Ay, cómo cree!
—¿Qué? Yo nomás aviso. Los consejos son gratis, mi café no.
Y sigue despachando.
A los que van a la universidad les echa otra:
—Ahí les va el combustible para que sobrevivan a sus maestros. Si uno de esos güeyes les dice que la juventud está perdida, díganle que así dijeron de su generación.
A todos les desea lo mismo, jóvenes, viejitos, mujeres, hombres, obreros, oficinistas, etc:
—Que les vaya bonito y que se porten bien.
Aunque nadie sabe exactamente qué significa portarse bien en esta ciudad.
Para don Andrés, probablemente significa regresar a casa completo, pagar la renta, no meterse en broncas y todavía tener ganas de levantarse al día siguiente.
Lo curioso es que trata igual al señor de la camionetota negra que al albañil que llega caminando con unos tenis tan viejos que parecen haber participado en la construcción de Teotihuacán.
—¿Qué pasó, jefe? ¿Ya llegó el patrón?
—Aquí andamos, don Andrés.
— ¿Va invitar hoy?, porque con esa nave que trae parece que viene de cobrar una herencia.
—¡No sea cabrón! Es del patrón.
—¡Ah! Entonces está peor. Usted maneja y el otro cobra.
La gente se ríe.
Luego llega el abogado, aspirante a diputado local.
—¿Qué le debo?
—Lo mismo que le pedimos a todos sus colegas: justicia y dignidad. Lo demás me lo puede pagar con lo que trae usted en la cartera.
—No empiece.
—Yo nunca empiezo, joven. La realidad empieza sola.
Y ahí está la verdadera función de don Andrés.
Porque además de vender café, vende noticias.
No tiene periódico.
No necesita.
Tiene radio, teléfono, buena memoria y una curiosidad de reportero de banqueta.
A las siete veinte ya sabe qué pasó en el mundo.
—¡A ver! —grita—. Les tengo el resumen porque luego andan todos bien desinformados.
La gente se acerca.
—¿Qué pasó?
—Que la perrita de Trump otra vez salió con una declaración que ni ella sabe qué significa.
—¡No mames!
—Como lo oyen. Y no me pregunten detalles porque tampoco soy corresponsal de Washington, yo vendo café.
Después:
—¡Partidazo ayer! ¡Qué manera de jugar!
Y todos empiezan a discutir.
Que el árbitro.
Que el delantero.
Que el penal.
Que el entrenador.
Que “si hubiera entrado aquel o el otro”.
En la esquina se arma una mesa redonda internacional con vasos de café como micrófonos.
Cinco minutos después don Andrés cambia de tema.
—¡Y tembló del otro lado del mundo!
—¿Dónde?
—No sé, pero lejos. Y aquí no se sintió nada.
—Entonces ¿para qué nos preocupamos?
—Para que vean que uno es ciudadano del mundo, joven.
A veces habla de política.
Ahí baja el volumen.
—No, jóvenes, no se me peleen. Aquí todos somos pobres, nomás que algunos viven de pedir prestado para aparentar no ser pobres.
Se hace un silencio.
Luego alguien se ríe.
Porque la verdad cuando viene envuelta en chiste entra más fácil.
Don Andrés nunca se presenta como intelectual.
Ni falta que le hace.
Su universidad está en la banqueta.
Su biblioteca son las conversaciones.
Su noticiero empieza a las siete y termina a las nueve.
Y su audiencia somos todos.
Un día iba una niña de secundaria llorando.
—¿Qué pasó?
— No hice la tarea completa y me van a poner seis.
Don Andrés dejó de servir.
—¿Y?
—Mi mamá se va a enojar.
—Pues dile la verdad.
—¿Qué me pondrán seis?
—No. Que todavía puedes sacar diez.
La niña lo miró.
—¿Y si no?
Don Andrés le dio un pan.
—Entonces sacas nueve. Y si tampoco, ocho. Pero no te me vayas a sacar un cero nomás por andar creyendo que un número dice quién eres.
La niña sonrió.
Se fue.
Y don Andrés volvió al café.
Como si no hubiera dicho nada importante.
A las nueve en punto empieza a recoger.
La colonia ya despertó.
Los coches pasan.
Los micros van llenos.
Los estudiantes corren.
Los trabajadores mientan madres.
La farmacia abre.
El mundo comienza oficialmente su jornada.
Don Andrés guarda la cafetera, limpia el triciclo y mira la calle.
—Nos vemos mañana, jóvenes.
—¡Nos vemos, don Andrés!
—¡Y pórtense bien!
—¡Usted también!
—Yo ya estoy muy viejo para portarme mal.
Se ríe.
Luego empuja el triciclo y desaparece por la esquina.
Mañana volverá.
A las cinco cincuenta y cinco.
Con su café bien cargado.
Con sus noticias.
Con sus chistes.
Con esa manera suya de recordarnos que, aunque el mundo parezca una cosa enorme y lejana, también cabe en una esquina de la colonia.
Porque en las mañanas, mientras los periódicos hablan de presidentes, guerras, mercados y tragedias internacionales, don Andrés nos cuenta las cosas a nuestra medida.
Que ganó el equipo.
Que tembló en otro país.
Que la perrita de Trump volvió a decir una mamada.
Que subió la gasolina.
Que la vecina tuvo bebé.
Que al hijo de la señora de la papelería ya le dieron trabajo.
Que el muchacho de los tenis viejos terminó la universidad.
Que mañana va a llover.
Y que hay que portarse bien.
Tal vez por eso, cuando don Andrés no va, la esquina se siente extrañamente vacía.
Todo es igual pero nadie sabe qué pasó en el mundo.
Y entonces entendemos que aquel Don del triciclo no vende café.
Vende la sensación de que todavía pertenecemos a algún lugar.
A una calle.
A una colonia.
A una conversación.
A ese pequeño país de banqueta donde, por unos minutos, pobres y ricos, estudiantes y albañiles, oficinistas y desempleados podemos tomar el mismo café y enterarnos juntos de que el mundo, allá afuera, sigue estando igual de jodido.
Pero nosotros, por lo menos, ya estamos despiertos.

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