Por el Dr. Tiburcio Nicanor, Investigador del Gozo Popular y de la Métrica del Barrio.
La expresión “Chido, Liro, Ramiro y el vampiro Clodomiro” es uno de los máximos logros de la cultura oral mexicana: una frase que no explica nada, no argumenta nada, pero deja clarísimo que algo está buenísimo. Su función social es inequívoca: declarar aprobación absoluta con estilo, ritmo y un toque de delirio.
Desde la sociología cultural, esta frase pertenece a la familia de las rimas celebratorias: construcciones lingüísticas donde la lógica cede el paso al entusiasmo. “Chido” ya basta para decir que algo gusta, pero el mexicano (excesivo por naturaleza) siente la necesidad de reforzar el agrado con nombres propios inútiles, porque cuando algo es realmente bueno, no se dice: se canta.
Los personajes: Liro, Ramiro y el vampiro Clodomiro, no representan individuos reales, sino símbolos del goce colectivo. Son testigos imaginarios del momento chido, comparsas verbales que acompañan la emoción. El vampiro, además, añade un toque absurdo que eleva el gusto al plano de lo surrealista: si hasta Clodomiro está de acuerdo, entonces sí está chido.
Esta frase suele aparecer en contextos de alegría sincera: al probar unos tacos memorables, escuchar una rola poderosa o recibir una noticia que cae como agua fresca. No admite réplica ni matices: quien la pronuncia ya decidió que le gustó y punto.
“Chido, Liro, Ramiro y el vampiro Clodomiro” demuestra que en México el entusiasmo no se declara, se rima, porque el gusto verdadero necesita coro, ritmo y un vampiro innecesario que lo respalde.
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