Por Félix Ayurnamat
Hay obras que se observan desde afuera y otras que, sin pedir permiso, nos invitan a quedarnos un poco más. ANTISISTEMA. De la curiosidad a la conciencia no se impone: se aproxima. No explica, no corrige, no alza la voz. Simplemente está, y en esa presencia algo comienza a acomodarse. Aunque sea la primera exposición, no se siente como un inicio, sino como la continuación de un gesto que ya venía ocurriendo en silencio, esperando el momento justo para hacerse visible.
En los grabados, la línea no obedece: tantea. Avanza como quien aprende tocando, dejando que la mano piense antes que la cabeza. El negro no aplasta, sostiene; el blanco no ilumina, escucha. Cada imagen parece contener una pregunta que no busca respuesta inmediata, sino permanencia. Hay una tensión suave entre lo que insiste y lo que se deja ir, como si las formas supieran que existir es mantenerse en equilibrio sin forzarlo.
Las pinturas respiran distinto. Los espacios urbanos, las figuras que parecen cansadas de sí mismas no dramatizan el desgaste: lo aceptan. Hay calles detenidas, habitaciones que guardan más silencios que objetos, cuerpos que habitan el tiempo con una quietud honesta. El color no irrumpe, acompaña. Se acomoda como se acomoda la vida cuando deja de resistirse y empieza, simplemente, a ser.
En Desnudo, el cuerpo no se muestra: confía. Se deja caer en el pulso de la acuarela, renuncia a la tensión de sostenerse y descansa. La acuarela no insiste; sugiere lo justo, permite que lo inacabado respire. El cuerpo parece escucharse a sí mismo, reconciliado con su fragilidad, y en esa escucha ocurre algo íntimo, casi compartido. El color no cubre: acaricia. El papel habla desde el silencio. La obra no exige ser mirada; invita a acercarse despacio, a comprender que estar desnudos no es exponerse, sino quedarse en lo que uno es.
En No natural, la calma tiene algo de inquietud. Los cuerpos parecen resguardarse entre los árboles, conscientes de que habitar el mundo también implica no imponerse sobre él. La xilografía acepta el límite, dialoga con la resistencia del material. La oscuridad no dramatiza: permanece. Las líneas talladas acompañan, recuerdan que toda forma es transitoria y que incluso lo que parece rígido respira. Hay aquí una manera serena de mirar el artificio sin condenarlo, de aceptar que también forma parte del mismo flujo.
Trompetista introduce el gozo. El color no representa el sonido: lo vuelve visible. La trompeta gira como un pequeño sol, irradiando una alegría que no necesita justificarse. El ritmo se sostiene entre lo lúdico y lo contenido, sin solemnidad. Es una celebración íntima del instante, del gesto que existe porque sí. La obra invita a escuchar con el cuerpo, a recordar que el placer también piensa, que el gozo puede ser una forma de atención.
Lo que atraviesa ANTISISTEMA no es la negación ni la rebeldía estridente, sino el tránsito. De la curiosidad a una conciencia que no presume respuestas. Las formas aparecen y se desvanecen, los símbolos regresan sin volverse fórmula. Todo parece decir: “esto es lo que hay ahora”. Y eso basta. Porque el verdadero gesto antisistema aquí no es confrontar, sino mirar con cuidado.
Hay en esta exposición una sensibilidad poco común: saber cuándo detenerse. Las obras no se exceden, no intentan demostrar nada. Confían. Y esa confianza se siente como una conversación baja, íntima, donde el espectador no es un extraño, sino alguien que también está siendo mirado. Uno sale con la sensación de haber sido reconocido.
Tal vez por eso resulta inevitable sentirse atraído no sólo por las piezas, sino por la mirada que las sostiene. En este trabajo conviven la firmeza y la delicadeza, la inconformidad y la calma. Es una forma de estar en el mundo sin endurecerse. Si este es apenas el primer gesto visible de la obra de Daniela, lo que sigue no será una carrera, sino un camino. Y los caminos que se recorren con atención, sin prisa, suelen llevar a lugares donde uno desea quedarse un poco más.
Podrán visitar la exposición hasta el 12 de febrero en: http://yilaob.taexvi.org/foro/

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