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Por MFTX
En los canales de Xochimilco, ese entramado de aguas, chinampas y vida campesina que ha resistido siglos de transformaciones en el Valle de México, habita una criatura única en el mundo: el ajolote (Ambystoma mexicanum). Este anfibio, cuya presencia natural se reduce hoy prácticamente al sistema de canales xochimilcas, es mucho más que un animal raro; es parte de la identidad biocultural de esta alcaldía y de toda la Ciudad de México.
El nombre ajolote proviene del náhuatl āxolōtl, que significa “monstruo de agua”, aunque su significado cultural es mucho más profundo. En la antigua cosmovisión mexica, este animal se asociaba con el dios Xólotl, hermano gemelo del dios Quetzalcóatl, quien, según la mitología, se transformó en ajolote para escapar de los dioses que querían sacrificarlo. De esta manera, el ajolote llevaba en sí un sentido de resistencia y transformación, un mito que pervive en la cultura contemporánea y conecta a los habitantes de Xochimilco con sus ancestros prehispánicos.
Desde el punto de vista biológico, el ajolote es excepcional. A diferencia de la mayoría de los anfibios que completan metamorfosis para vivir en tierra, él permanece en estado larvario toda su vida adulta (un fenómeno llamado neotenia), conservando características como sus branquias externas plumosas. Esta peculiaridad lo convierte en objeto de fascinación científica mundial, en especial por su extraordinaria capacidad de regeneración: puede recomponer extremidades completas, tejidos e incluso partes del cerebro, algo que ha capturado el interés de investigadores en biomedicina.
Sin embargo, el lugar donde el ajolote desarrolló esta historia evolutiva única, los canales y humedales de Xochimilco, ha cambiado drásticamente. La transformación del paisaje lacustre original del Valle de México, impulsada por la urbanización, la contaminación del agua y la introducción de especies no nativas como la tilapia y la carpa, ha reducido drásticamente las poblaciones silvestres. Estimaciones científicas históricas muestran que de miles de ajolotes por kilómetro cuadrado en la década de 1990, las cifras se desplomaron a apenas decenas en el siglo XXI. Esto ha llevado a que la especie esté catalogada como críticamente en peligro de extinción por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.
La situación actual del ajolote es un espejo de la compleja relación entre la ciudad y sus espacios naturales. Aunque ya casi no se le ve en estado salvaje en los canales debido a la degradación del hábitat, Xochimilco alberga instituciones dedicadas a su preservación. En el Parque Ecológico de Xochimilco existen instalaciones, junto con el Instituto de Biología de la UNAM y organizaciones civiles, que funcionan como refugios y centros de reproducción para evitar la extinción total de esta especie tan emblemática.
La conservación del ajolote ha generado también un movimiento social y educativo. Programas escolares y campañas de concienciación muestran a las nuevas generaciones la importancia de este anfibio no solo como una especie singular, sino como símbolo de la riqueza biocultural de Xochimilco. Las múltiples referencias del ajolote en la cultura popular, desde murales y artesanías hasta su aparición en videojuegos y los famosos axolobilletes, han ampliado su presencia en la imaginación colectiva, aunque expertos han advertido que esta “axolotlmania” no debe distraer de la urgente necesidad de proteger su hábitat original.
Para quienes caminamos por los senderos entre chinampas o navegamos lentamente por sus canales, el ajolote es más que un anfibio extraño: es un testigo viviente de la historia ecológica y cultural de Xochimilco, un recordatorio de cómo la ciudad y la naturaleza han convivido y, muchas veces, entrado en conflicto. Preservarlo es preservar un fragmento de un pasado que aún late bajo el agua y, al mismo tiempo, abrir la puerta a un futuro en el que el respeto por la vida, desde la ancestral hasta la científica, sea parte central de la memoria y la acción comunitaria en esta alcaldía única.

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