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RUMORES. ¿Qué es lo que sigue vivo en los muros?

Por Terrornauta

Informe parcial de observación técnica — Edificio Serapio Rendón 134

(Extracto de los apuntes personales de la restauradora Lucía Navarro, 2023)


Fecha: 3 de noviembre, 2023

Ubicación: Col. San Rafael, CDMX

Proyecto: Diagnóstico preliminar para posible rehabilitación estructural y recuperación estética del inmueble.


Hoy fue mi tercera visita al edificio de Serapio Rendón. La primera fue con el equipo. Las otras dos he ido sola. No debería hacerlo, lo sé. No es lo más profesional. Pero hay algo en ese lugar que me jalonea por dentro. No sé si es nostalgia (mi mejor amiga vivía aquí) o una intuición que no alcanzo a descifrar.


El inmueble no tiene valor catalogado, pero sospecho que la cimentación es más antigua de lo que aparenta. Es un conjunto de departamentos de los años 70s, de esos que se construyeron a la carrera tras el sismo del 57. Pero algo no cuadra. Al levantar parte del recubrimiento de yeso en el muro norte del segundo piso, encontré una capa de piedra volcánica, labrada. Antigua. Colonial, tal vez. Como si hubieran edificado sobre una estructura más vieja sin demolerla del todo.


En la esquina del muro, justo detrás del cancel de lo que fue una recámara, descubrí un bajorrelieve mínimo. Un rostro. De niño. Tallado con una especie de sonrisa torcida. Lo curioso es que no está alineado a ninguna simetría estructural. Está descentrado, escondido, como si no quisiera ser visto. Tomé una foto, pero en la imagen no aparece nada. Solo la pared lisa.


Regresé hoy. Llevaba un bisturí y lámparas. Busqué grietas. Y encontré lo que parecen ser símbolos tallados a mano, ocultos entre capas de yeso y pintura vinílica. Círculos, manos, dientes. No son decorativos. No tienen patrón. No son arte. Son advertencias.


Apenas entré al departamento, la temperatura bajó. Lo anoté porque me temblaban las manos. El lugar está deshabitado desde hace más de veinte años. Según los archivos vecinales, la última familia se fue en el 2001. Había una niña. Desapareció. Nadie dio explicaciones.


Mi linterna se apagó por un segundo. Escuché algo. No fue un ruido fuerte. Fue como un susurro. Me pareció que alguien decía:


“No borres lo que ya somos.”


Estoy cansada. Tal vez me estoy sugestionando. He trabajado demasiado, y estos lugares suelen tener ecos, sonidos viejos atrapados entre el concreto y la humedad.


Pero en la libreta donde hice mis apuntes de campo, encontré una hoja que no escribí yo.


Tenía un dibujo hecho con carboncillo. Unos niños tomados de la mano. Uno de ellos tenía los ojos vacíos. Y debajo, escrito en tinta deslavada, decía:

“Aquí jugamos sin crecer.”


Mañana volveré con el dron para inspeccionar la azotea. Hay algo ahí arriba. Un bulto cubierto con una lona vieja. Y unas huellas que no parecen de adulto… ni de humano.


Si algo me pasa, que este informe no se pierda.

Y que nadie derrumbe este lugar sin antes preguntar:

¿Qué es lo que sigue vivo en los muros?

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