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HISTORIAS PERDIDAS. Marianita y la lucha diaria.

Por el Perrochinelo

Marianita se despierta antes de que suene el despertador, como siempre. No porque quiera, sino porque la Erika se le sube a la panza y el Jorgito empieza a chillar en la cuna improvisada que es, en realidad, una caja de huevo con cobijas. Son las cinco y media y la casa de su hermana ya está medio despierta: el cuñado carraspea en el baño, alguien prende la tele con las noticias bien bajitas y el olor a café aguado se cuela por el pasillo.

—Ya, mi amor, ya —le dice al niño, con la voz ronca—. No llores, ahorita te cargo.

Viven nueve en ese departamento de interés social, dos cuartos, un baño que siempre está ocupado y una cocina donde apenas caben tres personas sin estorbarse. Marianita lo sabe: no puede quedarse ahí para siempre. Su hermana no se queja, pero las miradas pesan. No es mala onda, es pura realidad chilanga: donde comen ocho, el noveno ya estorba.

Jorge, en cambio, vive bien quitado de la pena. Hace dos años se fue con “una morrita más joven”, así lo dijo, sin tantita vergüenza. Le prometió que iba a responder por los chamacos, que no se iba a hacer güey. Promesas. Puras. De esas que se las lleva el microbús cuando se arranca.

—Ese cabrón nomás se hace pendejo —le dice su hermana mientras untan frijoles en el bolillo—. Tú síguelo chingando, Mari, no te rajes.
—Sí, ya sé —responde ella—, pero ir al juzgado es un pedo, y luego el dinero, y el tiempo… ¿a qué hora?

Porque Marianita trabaja limpiando casas por horas. Un día en la Narvarte, otro en la Del Valle, a veces hasta en Santa Fe, donde la tratan como si fuera invisible. Carga al Jorgito en el rebozo, deja a la Erika con la tía y se avienta la ciudad en metro, en combi, en camión, siempre con el pendiente de que no le hablen de la escuela o del doctor.

Cuando por fin se anima a ir a exigir la pensión, Jorge la recibe con cara de fastidio.

—No manches, Mari, ahorita no traigo lana.
—Nunca traes, Jorge. Pero pa’ las chelas sí, ¿verdad?
—No empieces, ya sabes cómo me pongo…

Ella se queda callada, pero por dentro le arde. No es miedo, es cansancio. Un cansancio viejo, espeso, que se le pega como el smog. Sale de ahí con veinte pesos que él le avienta como si le estuviera haciendo un favor. Veinte pesos. Ni pa’ los pañales.

En la noche, mientras arrulla a los niños, escucha el murmullo de la casa llena. Risas, discusiones, platos chocando. La ciudad nunca se calla, ni siquiera cuando duele. Marianita mira a la Erika dormida, abrazando un muñeco todo descosido, y al Jorgito respirando tranquilo, con la boca abierta.

“Por ellos”, piensa. No como frase bonita, sino como decisión. Al otro día va a ir al DIF, al juzgado, a donde sea. Va a tardar, va a ser un viacrucis, pero no se va a quedar quieta. En esta ciudad, aprende uno a resistir a madrazos, a empujones, pero también a no soltar.

Apaga la luz con cuidado. Afuera, un vecino pone música de banda a todo volumen. Marianita suspira. No es la vida que soñó, pero es la que le tocó pelear. Y aunque esté jodida, aunque se sienta sola a ratos, sabe algo con certeza chilanga: mientras tenga fuerzas para levantarse y seguir chingando, todavía no la derrota nadie.

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