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Por Ante Brkan - Dr. Macro, Public Domain
Por Andrea Méndez
Confieso algo: la primera vez que vi una película de Hitchcock no sentí miedo. Sentí incomodidad. Una incomodidad rara, persistente, como cuando te das cuenta de que alguien te está observando sin que tú lo sepas. Con los años entendí que eso era justo el punto. Hitchcock no filma el suspenso; filma la ansiedad de mirar y ser mirado. Y desde el psicoanálisis, eso es dinamita pura.
Hitchcock me acompaña desde hace mucho, pero no como esos directores que uno revisita por placer inmediato. A él regreso cuando estoy inquieta, cuando algo no encaja en mi cabeza. Porque su cine no tranquiliza: activa. Es un cine que te deja pensando en lo que viste… y en lo que deseaste ver.
Si algo define la psicología del cine de Hitchcock es el deseo reprimido. Todo está ahí, pero nunca del todo visible. Pienso mucho en Rear Window: un hombre inmóvil, condenado a mirar. James Stewart no actúa tanto como espía. Y es imposible no sentirse cómplice. Nosotros también miramos, también queremos saber, también queremos entrar en la intimidad ajena.
Desde una visión psicoanalítica, esto es brutal: Hitchcock convierte al espectador en voyerista. No nos deja cómodos en la butaca. Nos obliga a asumir que mirar implica deseo, pero también culpa. Cada plano está calculado para que el ojo quiera más, para que el deseo avance un poquito y luego se frustre.
Visualmente, Hitchcock es quirúrgico. Nada es casual. La composición del encuadre funciona como una jaula: los personajes están atrapados en sus obsesiones, igual que nosotros en la imagen.
Mujeres, trauma y proyección
Aquí siempre me detengo más tiempo, porque como mujer, el cine de Hitchcock me provoca sentimientos encontrados. Por un lado, sus personajes femeninos son complejos, magnéticos, inolvidables. Por otro, son claramente proyecciones del miedo masculino al deseo femenino.
Vertigo es el caso más extremo. Scottie no ama a una mujer, ama una imagen, una fantasía. Y cuando esa fantasía se rompe, intenta reconstruirla. Desde el psicoanálisis, esto es casi un manual sobre la pulsión de control y la negación de la alteridad. La mujer no es sujeto, es síntoma.
Visualmente, Vertigo es una obsesión filmada. Los colores, los movimientos de cámara, el famoso zoom que desestabiliza el espacio… todo trabaja para transmitir una psique fracturada. A mí siempre me deja triste. No por el misterio, sino por la imposibilidad de amar sin destruir al otro.
El crimen como síntoma
En Hitchcock, el crimen nunca es sólo un crimen. Es una manifestación del conflicto interno. Psycho no trata de un asesinato, sino de una mente escindida. Norman Bates no es un “monstruo” en el sentido simple; es el resultado de una relación enfermiza con la figura materna, de una identidad que no pudo separarse.
Lo interesante es que Hitchcock no explica de más. Sugiere. El montaje, el sonido, los encuadres cerrados hacen el trabajo psicológico. La famosa escena de la regadera no es violenta por lo que muestra, sino por lo que el cerebro completa. Y eso, como analista, me parece brillante: el horror verdadero siempre ocurre en la mente.
La mirada como dispositivo de poder
Algo que siempre anoto cuando reviso películas de Hitchcock (sí, soy de las que toman notas) es cómo maneja la mirada. Quién mira, quién es mirado, desde dónde. La cámara nunca es inocente. Muchas veces adopta el punto de vista del agresor, otras veces del perseguidor, casi nunca del todo de la víctima.
Esto genera una tensión ética muy fuerte. Hitchcock no te dice qué sentir. Te pone en una posición incómoda y te deja ahí. Y eso, honestamente, es lo que más respeto de su cine. No busca consolar, busca confrontar.
Hubo una época en la que evitaba ver sus películas. Me parecían demasiado densas, demasiado cargadas. Luego entendí que lo que me incomodaba no era la violencia, sino el espejo. Hitchcock te devuelve preguntas que uno no siempre quiere hacerse: ¿por qué miras?, ¿qué deseas?, ¿qué parte de ti se excita con el peligro?
Hoy lo veo como un cineasta profundamente honesto en su neurosis. No intenta ocultarla, la convierte en forma. Y quizá por eso su cine sigue funcionando: porque la ansiedad, la culpa y el deseo no pasan de moda.
La psicología del cine de Alfred Hitchcock no está en los manuales de diagnóstico, sino en la experiencia de ver. Su cine nos permite entender que mirar nunca es un acto pasivo. Que el deseo siempre implica riesgo. Y que, en el fondo, todos llevamos un pequeño cuarto oscuro en la cabeza, lleno de imágenes que preferimos no mirar… pero que igual nos observan.
Porque Hitchcock no se ve: se procesa.
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