Por TPS
Este primer año de Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos, no lo veo como una anomalía histórica, sino como una revelación. Para mí, ese primer año no inauguró algo nuevo; más bien quitó el velo. Trump no inventó el imperialismo, el racismo estructural ni la violencia económica del capitalismo global. Lo que hizo fue decirlos en voz alta, sin el maquillaje liberal que durante décadas permitió a Estados Unidos presentarse como faro moral mientras ejercía dominación.
Desde el inicio, su llegada al poder estuvo marcada por una ruptura simbólica: desprecio abierto por la diplomacia tradicional, ataques a la prensa, burlas a organismos internacionales y una narrativa constante de enemigos internos y externos. Ese estilo no era sólo retórico. Era una estrategia política clara: gobernar desde el conflicto permanente. Trump entendió que la polarización no lo debilitaba; al contrario, consolidaba su base social. Y esa base no estaba formada sólo por millonarios o corporaciones, sino por sectores populares blancos profundamente golpeados por el neoliberalismo, pero canalizados hacia el resentimiento racial y nacionalista.
En política interior, su primer año fue una declaración de principios. Intentó desmontar el sistema de salud pública, redujo impuestos a las grandes fortunas y colocó en puestos clave a representantes directos del capital financiero, energético y militar. Para alguien que se presentaba como “antisistema”, Trump gobernó con una fidelidad absoluta al corazón del capitalismo estadounidense. No combatió a las élites: las reconfiguró a su favor. La diferencia fue que ya no fingió que lo hacía en nombre del bien común.
Pero es en política exterior donde, desde mi mirada, su primer año fue especialmente revelador. Trump abandonó cualquier pretensión de multilateralismo. Se retiró de acuerdos internacionales, debilitó organismos globales y adoptó una lógica de chantaje: quien no se alineara con Estados Unidos debía pagar un precio. América Latina volvió a ser tratada como patio trasero; Medio Oriente, como tablero militar; Asia, como campo de disputa comercial. Todo bajo una premisa simple: “Estados Unidos primero”, aunque ese “primero” significara caos para el resto del mundo.
Lo que me parece más inquietante es que Trump no actuó solo. Su primer año dejó claro que amplios sectores del Estado profundo, el complejo militar-industrial, las corporaciones energéticas, los aparatos de seguridad, no sólo lo toleraban, sino que se beneficiaban de su estilo. Mientras los medios se concentraban en sus exabruptos, las políticas de fondo avanzaban: más armas, más fronteras, más vigilancia, más extracción. El espectáculo ocultó la continuidad.
Desde una perspectiva histórica, Trump encarna una fase tardía del imperialismo: una etapa en la que ya no es necesario convencer, sólo imponer. Donde el discurso de derechos humanos estorba y se reemplaza por el de la fuerza. En ese sentido, su primer año marcó una transición peligrosa: el paso de un orden hegemónico que se legitimaba con palabras bonitas a uno que se asume abiertamente autoritario.
Ahora bien, también creo que ese primer año abrió grietas. Trump evidenció las contradicciones internas del sistema estadounidense como pocos presidentes antes. Expuso el racismo estructural, la desigualdad brutal, la fragilidad de sus instituciones democráticas. Y, sin quererlo, activó resistencias: movimientos antirracistas, feministas, migrantes, migrantes, sindicales, que entendieron que el problema no era sólo Trump, sino el sistema que lo hizo posible.
Para quienes miramos el mundo desde una perspectiva anticolonial, el primer año de Trump fue una advertencia, pero también una lección. Nos mostró que el capitalismo, cuando entra en crisis, no se humaniza: se vuelve más violento. Nos recordó que la democracia liberal tiene límites muy claros cuando choca con los intereses del capital y del imperio. Y nos obligó a dejar de idealizar a Estados Unidos como referente moral.
Yo no recuerdo ese primer año con sorpresa, sino con claridad. Fue el momento en que el poder habló sin máscara. Y cuando el poder hace eso, nos da paradójicamente una oportunidad: la de nombrarlo, entenderlo y organizarnos más allá de sus fronteras y de sus mentiras. Porque si algo dejó claro Trump en su primer año, es que la justicia no vendrá desde arriba ni desde Washington, sino desde los pueblos que ya no están dispuestos a aceptar el orden impuesto como destino.
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