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HISTORIAS PERDIDAS. El día de la santa cruz

Por el Perrochinelo

El Fidel amaneció con la cruda pegada como chicle en banqueta caliente, pero ni modo, ese día no era cualquier día: tres de mayo, Día de la Santa Cruz, la mera fiesta de los albañiles. Desde temprano ya tronaban los cuetes en la obra, como si quisieran despertar hasta a los muertos del panteón de junto.

—¡Órale, pinche Fidel, ya vente! —le gritó el “Chetos” desde abajo—. ¡Que ya subieron la cruz y falta la bendición!

Fidel se asomó por la ventana de su cuarto, en un cuarto de renta de cualquier colonia popular de este país. Vio la estructura gris del edificio en obra negra, toda amarrada con varillas como huesos salidos. Arriba, en lo más alto, ya estaba la cruz: dos tablas chuecas, envueltas en papel de colores, flores de plástico y una estampa medio desteñida.

—Ahorita caigo, no estés chingando —respondió, rascándose la panza.

Manuela, que estaba sentada en la cama poniéndose los tenis, lo miró de reojo.

—Siempre lo mismo contigo, Fidel. Para el chupe sí eres puntual, pero pa’ lo demás…

—Ay, ya vas a empezar, ¿no? —dijo él, agarrando su playera—. Es la fiesta, mujer. Hoy se celebra.

—¿Y qué celebran, eh? —le soltó ella—. ¿Que les pagan una miseria o que se juegan la vida todos los días allá arriba?

Fidel no contestó de inmediato. Se quedó viendo sus botas llenas de cemento seco, como si ahí estuviera la respuesta.

—Celebramos que seguimos vivos, Manuela —dijo al fin—. ¿No es suficiente?

Bajaron juntos. La obra ya estaba prendida: un radio sonando cumbias, una olla gigante de mole en un anafre, y varios compas echándose la primera chela del día, aunque apenas eran las diez.

—¡Eso, mi Fidel! —le gritó el “Chetos”, dándole una botella—. Ya pensábamos que te había llevado la chingada.

—Nel, todavía no me toca —contestó Fidel, dándole un trago largo—. Pero ahí anda rondando, la cabrona.

El “Chetos” se rió.

Manuela se quedó a un lado, viendo el desmadre. Las risas, el polvo, el olor a cemento mezclado con mole y cerveza. Todo le parecía una fiesta medio triste, como si debajo de la música hubiera algo que no se decía.

Se acercó una señora con agua bendita, rezando rápido, como quien tiene prisa por terminar.

—Que Dios los cuide, muchachos —decía mientras rociaba la cruz—. Y que no haya accidentes.

Los albañiles se persignaban a medias, algunos con respeto, otros nomás por si acaso.

—¿Tú sí crees en eso, Fidel? —le preguntó Manuela en voz baja.

—Creo en no caerme —respondió él—. Lo demás ya es ganancia.

La fiesta fue subiendo de tono. Más chelas, más risas, más historias.

—¿Te acuerdas del “Mocos”? —dijo uno—. El que se cayó del quinto piso.

—No mames —respondió otro—, ni lo menciones hoy.

—Pues por eso mismo —insistió—. Para que no se repita.

Manuela escuchaba y sentía un nudo en la garganta. Miraba a Fidel reírse, echar relajo, pero también veía cómo de vez en cuando levantaba la vista hacia la cruz, como midiendo la distancia entre él y el suelo.

—Oye —le dijo ella—, ¿y si mejor buscas otra chamba?

Fidel saltó una carcajada.

—¿Como cuál, pues? ¿De licenciado o qué? Esto es lo que hay, Manu. Aquí crecí, aquí aprendí. ¿Tú crees que es tan fácil salirse?

Ella no respondió. Sabía que no.

Al rato, alguien puso banda. Otro sacó un tequila escondido. La cruz allá arriba, colorida, parecía mirar todo: el desmadre, las risas, el cansancio acumulado.

—Baila conmigo —le dijo Fidel a Manuela, jalándola.

—Ay, estás bien borracho.

—Pues sí, pero también estoy vivo —insistió él.

Bailaron torpemente entre los botes de mezcla y las tablas. Manuela, al principio renuente, terminó riéndose.

—Estás bien pendejo —le dijo.

—Pero soy tu pendejo —contestó él, guiñándole el ojo.

Por un momento, todo parecía ligero. Como si la vida en la obra no pesara tanto.

Pero entonces, un silencio raro se coló entre la música. Un golpe seco, allá arriba. Todos voltearon.

Nada pasó. O eso parecía.

—Pinche susto —dijo alguien—. Ya ni la chingan.

Fidel apretó la mano de Manuela.

—¿Ves? —le dijo—. Por eso la cruz. Pa’ que nos cuide.

Manuela lo miró, con una mezcla de ternura y coraje.

—O pa’ que se acuerden de ustedes cuando ya no estén —murmuró.

La tarde cayó lenta. La fiesta se fue apagando entre risas cansadas y cuerpos tirados donde fuera. La cruz seguía ahí, firme, adornada, como una promesa que nadie sabía bien si se cumplía.

Fidel y Manuela se sentaron en una cubeta volteada.

—¿Te la pasaste bien? —preguntó él.

—Sí… y no —respondió ella—. Es bonito, pero también da miedo.

Fidel asintió.

—Así es todo aquí, Manu. Bonito y culero al mismo tiempo.

Se quedaron en silencio, viendo la ciudad extenderse más allá de la obra: techos de lámina, antenas, ropa tendida, humo.

—¿Y tú qué quieres, Fidel? —preguntó ella—. Así, neta.

Él se tardó en contestar.

 —Quiero seguir regresando contigo al final del día —dijo al fin—. Aunque esté todo jodido.

 Manuela sonrió leve.

 —Entonces no te me caigas, ¿va?

 —No pienso hacerlo.

 Arriba, la cruz se movió apenas con el viento, como si escuchara. Como si supiera que, en esa ciudad, las promesas se hacen con los pies en el aire.

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