Por MFTX
Hablar del mercado de Xochimilco es hablar de una tradición que nació mucho antes de los edificios actuales, de los pasillos abarrotados y del bullicio cotidiano que hoy caracteriza al centro histórico de la demarcación. Su origen está ligado a la vida lacustre de los antiguos xochimilcas, a las chinampas y a la necesidad de intercambiar lo que la tierra húmeda y fértil producía en abundancia. Mucho antes de la llegada de los españoles, los canales funcionaban como rutas comerciales y las canoas cruzaban diariamente cargadas de flores, verduras, maíz, ajolotes, peces y plantas medicinales. Xochimilco ya era, desde entonces, una región agrícola esencial para el Valle de México.
Con la instauración del virreinato, aquella dinámica comercial indígena no desapareció; por el contrario, fue incorporada al nuevo orden colonial. El antecedente oficial del mercado de Xochimilco se remonta al 25 de agosto de 1550, cuando el virrey Antonio de Mendoza otorgó a los habitantes de Xochimilco la autorización para construir y trazar un mercado formal. Aquella disposición reconocía la importancia económica de la región y consolidaba un espacio de intercambio que ya existía de manera tradicional bajo la forma del tianguis mesoamericano.
Resulta significativo imaginar ese primer mercado no como una estructura cerrada, sino como un entramado abierto de comerciantes, embarcaderos y canales. Las mercancías llegaban principalmente por agua. Las trajineras y canoas se convertían en pequeñas extensiones del mercado mismo: flotaban cargadas de flores recién cortadas, hortalizas húmedas todavía con olor a lodo fértil y productos cultivados en las chinampas. La economía de Xochimilco dependía del agua y se organizaba alrededor de ella. El mercado era, en cierta forma, una prolongación natural del paisaje chinampero.
Durante los siglos virreinales, Xochimilco se convirtió en uno de los grandes proveedores agrícolas de la Ciudad de México. Los españoles comprendieron rápidamente el valor del sistema chinampero y permitieron que continuara funcionando porque garantizaba el abastecimiento constante de alimentos frescos para la capital novohispana. El mercado creció al ritmo de esa productividad agrícola. Ahí se comerciaban flores ornamentales, semillas, frutas, aves, hierbas medicinales y productos traídos de otras regiones lacustres. La actividad comercial articuló buena parte de la vida social de los pueblos originarios de la zona.
Con el paso del tiempo, el mercado dejó de ser únicamente un sitio de intercambio económico y comenzó a funcionar también como espacio de convivencia comunitaria. Las festividades religiosas, las celebraciones patronales y las tradiciones populares terminaron por entrelazarse con la dinámica comercial. En Xochimilco, vender y celebrar nunca fueron actividades completamente separadas. Todavía hoy, en temporadas festivas, los aromas de comida, flores e incienso transforman el mercado en una experiencia profundamente ligada a la memoria colectiva del sur de la ciudad.
El edificio actual pertenece principalmente a las transformaciones urbanas del siglo XX. Las naves modernas comenzaron a consolidarse hacia la década de 1950, cuando la expansión urbana de la capital modificó gran parte del antiguo paisaje lacustre. Sin embargo, a pesar de las remodelaciones, incendios, ampliaciones y cambios administrativos, el mercado conserva una continuidad histórica excepcional: sigue ocupando el corazón comercial de Xochimilco, exactamente como ocurrió desde mediados del siglo XVI.
Caminar hoy por el mercado de Xochimilco implica recorrer distintas capas del tiempo. Bajo el ruido de los puestos, las fondas y los vendedores permanece la memoria de los antiguos tianguis indígenas. En los montones de flores y verduras todavía sobrevive la herencia agrícola de las chinampas. Y en el ir y venir de la gente puede sentirse algo que pocas veces aparece en las postales turísticas: la persistencia de una cultura comunitaria que ha logrado mantenerse viva a pesar de la urbanización acelerada de la Ciudad de México.
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