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HISTORIAS PERDIDAS. El descenso

Por El Perrochinelo

Todas las mañanas, como a eso de las siete y cuarto, cuando la ciudad todavía anda bostezando smog y los microbuses ya vienen mentándose la madre entre sí, aparece Gerardo allá arriba, a la mitad de la Picacho Ajusco, sentado en su silla de ruedas como si fuera piloto de Fórmula Uno.

La primera vez que lo vi pensé: “este cabrón ya se cansó de vivir”.

Pero no.

Más bien parecía exactamente al revés.

Ahí venía el güey, inclinado hacia adelante, agarrando las ruedas con las manos con sus guantes de motociclista, esperando el momento exacto para aventarse pendiente abajo entre peseros, motociclistas suicidas, señoras en camioneta y oficinistas con cara de “otra vez lunes”.

—¡Ahí viene el Rápido! —gritaban unos chalanes de una obra.

Y sí. Ya todo mundo por ahí lo ubicaba.

Los polis de tránsito nomás levantaban las cejas. Los choferes del RTP le pitaban como saludo. Hasta los vendedores de tamales lo miraban pasar con admiración y espanto.

Porque Gerardo bajaba hecho la chingada.

No despacito ni con cuidadito, nel. Bajaba zigzagueando entre los coches, agarrando la pendiente como si el pavimento fueran los rápidos de un  río y él una hoja de árbol. Las llantas de la silla vibraban gachísimo sobre los baches, pero él nomás se reía.

Y se oía su carcajada arriba del ruido de los motores.

Una risa rara.

No de loco.

Más bien de alguien que por fin encontró un cachito de felicidad en una ciudad diseñada para partirte la madre.

—Ese cabrón sí tiene huevos —decía el “Morsa”, el checador de micros—. Yo con dos piernas y me da culo bajar así en bicicleta.

Gerardo vivía por Chimilli, en un casa junto a una tlapalería. Antes del accidente trabajaba de repartidor en moto. Una noche un conductor pedísimo se lo llevó entre las llantas por Periférico y vámonos: columna rota, tres operaciones y una silla que le regalaron, pesada y rechinante.

—Parece carrito del súper, mano —decía él.

Al principio se deprimió gacho. Dicen que ni quería salir. Su jefa le llevaba la comida y el tipo se quedaba viendo la tele todo el día, chutándose predicadores y anuncios de pomadas para el dolor.

Hasta que un día salio a la calle.

Y sintió el aire.

Nomás eso.

El aire pegándole en la cara.

Luego otro díafue a la tienda.

Y luego más.

Hasta que descubrió que Picacho Ajusco era una especie de montaña rusa chilanga patrocinada por el gobierno defectuoso de la ciudad.

Desde entonces agarró la costumbre.

Cada mañana salía de su casa a la carretera,  y desde ahí se lanzaba.

La banda ya hasta apostaba.

—Hoy sí se mata el Gerry.

—Nel, ese güey trae pacto.

—Pacto mis huevos, trae práctica.

Gerardo escuchaba todo y se carcajeaba.

—¡Ábranse, perros! ¡Que voy sin frenos!

Y órale.

Pa’ abajo.

Entre humo de escape y vendedores de jugo.

Había algo extraño en verlo. Algo triste y bien chido al mismo tiempo. Porque mientras todos iban atrapados en el tráfico, encerrados en coches que todavía debían cinco años al banco, Gerardo descendía libre, toreando espejos laterales y mentándole la madre al miedo.

A veces su ex lo visitaba, la Jessica, una morra de uñas fosforescentes que vendía fundas de celular en el tianguis.

—Ya bájale a tus mamadas —le decía ella—. Un día sí te vas a romper la madre.

—Pues ya estoy roto, ¿no? —contestaba él riéndose.

Algunas veces le daba un beso rápido antes de aventarse otra vez.

Jessica se encabronaba, pero también lo miraba con esa cara que pone la gente cuando quiere mucho a alguien que claramente está loco.

Porque Gerardo estaba medio loco.

Pero de esa locura chilanga que nace cuando vivir normal ya no alcanza.

Una mañana llovió durísimo. De esas lluvias mugrosas que convierten la ciudad en licuado de aceite, basura y agua negra.

Todos pensaron que ese día no iba a bajar.

Pero sí salío.

Traía un impermeable amarillo todo roto y las llantas llenas de lodo.

—No mames, Gerry —le dijo el Morsa—. Hoy sí está bien culero.

Gerardo levantó los hombros.

—Pos precisamente. Si no hay riesgo, ¿qué chiste?

La lluvia hacía brillar el pavimento como espejo maldito. Los micros derrapaban tantito al frenar. La gente corría tapándose con bolsas de plástico.

Gerardo respiró hondo.

Y se lanzó.

La silla bajó disparada. El agua salpicaba. Los coches le pitaban. Un motociclista le gritó “¡pinche loco!” mientras él le rebasaba.

Y entonces pasó algo raro.

Por un segundo, muy breve, el tráfico se abrió enfrente de él. Como si la ciudad entera le hiciera espacio. Como si el monstruo enorme de concreto reconociera a uno de los suyos.

Gerardo soltó las manos de las ruedas.

Abrió los brazos.

Y sonrió.

No sonrisa de comercial ni de superación personal.

Sonrisa verdadera.

De alguien que encontró una manera torcida, peligrosísima y absurdamente hermosa de seguir sintiéndose vivo.

Luego desapareció cuesta abajo entre los coches, el humo y la lluvia.

Y la ciudad siguió rugiendo como siempre.

Pero desde entonces, cada vez que paso por Picacho Ajusco en la mañana, bajo el vidrio del coche nomás por si se escucha.

Porque entre cláxones, motores y mentadas, todavía a veces se oye una carcajada bajando a toda velocidad.

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