Por El perrochinelo
En el turno de la tarde de la primaria “Héroes de la Banda Ancha”, allá por una colonia donde el tianguis huele a carnitas desde las ocho de la mañana y los cables de luz hacen telarañas en el cielo, el Día de la Bandera siempre era un show medio solemne, medio improvisado.
—¡A ver, niños, ya entren, no se anden empujando! —gritaba la maestra Lupita, que ya traía prisa por checar.
Los escuincles, pues ya sabes, unos tranquilos, otros echando desmadre, uno que otro con el moco colgando y la camisa medio fajada. Pero ese día había algo distinto: Era la ceremonia del día de la bandera y a Matviy le tocaba llevar la bandera.
—Órale, güey, ya viste al ucraniano —susurró el Kevin, codeando al Brayan.
—Cállate, baboso —le respondió otro—, ese compa sí le echa ganas.
Matviy no decía mucho. Tenía doce años, pero cargaba una mirada que no era de chamaco cualquiera. Cuatro años antes había llegado con su jefe y su jefa, huyendo de una guerra que él no explicaba, pero que se le notaba en cómo se quedaba callado cuando alguien tronaba cohetes.
Afuera de la escuela, su papá le acomodaba el chaleco con los galones dorados con cuidado, como si fuera una armadura.
—Derecho… así, hijo —le dijo en un español medio atropellado, pero lleno de orgullo—. Muy guapo… muy fuerte.
Le peinó el cabello con la mano, despacito, como quien no quiere despeinar el momento.
—¿Sí lo haré bien, papá? —preguntó Matviy bajito.
—Tú ya lo haces bien… desde hace mucho.
El señor se quedó un segundo viéndolo, como si no estuviera ahí, como si estuviera recordando otra cosa, otro lugar.
—Ya métase, guero —dijo el conserje—, que ya va a empezar la ceremonia y no pueden empezar sin ti.
Y ahí va Matviy, cruzando el patio, con los zapatos boleados y el pecho inflado, pero no de orgullo cualquiera, sino de ese orgullo raro que da tener un lugar después de no tener nada.
La ceremonia empezó como siempre: el micrófono que chillaba, la directora con su discurso que nadie escuchaba completo, el sol pegaba duro.
—¡Atención… saludar… ya! —ordenó la maestra.
La escolta avanzó.
Y ahí iba Matviy, sosteniendo la bandera con una seriedad que no era de ensayo. Cada paso le salía exacto, como si entendiera algo que los demás apenas intuían.
Un niño se empezó a reír atrás.
—¡Cállate, güey! —le dijerón—. Es la bandera.
Y no era solo la bandera.
Era ese momento donde todos, aunque fuera por unos minutos, dejaban de ser el del puesto, el del taller, el de la combi, el que no alcanza, el que debe, el que sobrevive.
Ahí eran otra cosa.
Cuando terminó la ceremonia, la banda de guerra desafinó bonito, como siempre, y los niños rompieron filas como si los hubieran soltado de la cárcel.
—¡Ya, vámonos al salón!
—¡Va a ver quien llega primero!
—¡Va!
Al terminar las clases Matviy salió caminando despacio. Su papá lo esperaba afuera.
—¿Cómo te fue? —preguntó.
El niño sonrió poquito, pero era una sonrisa que costaba.
—Bien… creo que bien.
El señor lo abrazó, fuerte, de esos abrazos que no se dan diario.
—Estoy orgulloso.
Pasó una señora con su bolsa del mandado.
—Qué bonito niño —dijo—. Bien elegante.
El papá asintió, agradecido.
—Gracias… este país… muy bueno con nosotros.
La señora sonrió, pero también suspiró, como quien sabe que la vida no siempre alcanza.
Matviy volteó a ver la escuela, el patio, recordo la ceremonia.
No entendía todo, pero entendía lo suficiente: que hay lugares donde uno aprende a quedarse, aunque no sea de ahí. Que hay banderas que no son de nacimiento, pero sí de refugio.
Y mientras caminaban entre el ruido de la colonia, los gritos del tianguis y un carro echando humo, el niño apretó la mano de su padre.
No era felicidad completa, de esas de cuento.
Pero era algo más real.
Algo que en la ciudad, como dirían los que saben escribir de esto, se gana a pulso: un lugar en medio del ruido, aunque el pasado todavía retumbe por dentro.
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