Por TPS
Había una vez, en un imperio tan poderoso como ruidoso, un gobernante conocido como el Emperador Naranja. No porque su sabiduría irradiara luz, como algunos cortesanos intentaban explicar, sino porque su rostro tenía el color de una fruta demasiado madura.
El emperador estaba convencido de dos cosas: que el mundo entero conspiraba contra su grandeza y que él era el único capaz de salvarlo. Para sostener tan delicada teoría, se rodeaba de consejeros que dominaban el arte más antiguo de la política: decirle al rey exactamente lo que quería escuchar.
Entre ellos destacaba un hombre pequeño, muy pequeño, pequeñisimo, de mirada calculadora y ambición infinita, llamado Bibi, quien tenía el raro talento de convertir cada problema ajeno en una oportunidad personal. Bibi conocía bien el temperamento del emperador y lo alimentaba con historias sobre sus enemigos, que también eran del emperadot y eran terribles, que solo podían ser derrotados con fuego, castigo y conferencias de prensa.
—Majestad —le decía con voz chillona, de rata—, el reino de Persia es una amenaza para todos. Si no los derrotamos ahora, mañana se reirán de nosotros en sus palacios.
El emperador, que siempre sospechó que la risa ajena era la peor forma de conspiración, decidió actuar. Ordenó enviar amenazas, imponer castigos, movilizar tropas y anunciar la victoria antes de empezar la guerra.
El problema fue que Persia, como todos los países viejos, había sobrevivido a imperios más "poderosos" que el suyo. Sus montañas no se impresionaban con discursos, y sus pueblos ya estaban acostumbrados a sobrevivir a emperadores con ideas grandiosas.
La guerra comenzó con estruendo… y terminó con confusión.
Los reinos vecinos, que antes vivían en relativa calma, comenzaron a arder como yesca seca. Mercaderes dejaron de viajar, caravanas desaparecieron, ciudades temieron por su futuro y los soldados del emperador descubrieron que conquistar un mapa era más fácil que conquistar la realidad.
Cuando todo terminó (si es que terminó) el emperador proclamó victoria con gran entusiasmo. Mandó acuñar monedas, imprimir retratos y escribir discursos donde él aparecía como estratega supremo.
Pero en las fronteras nadie celebraba.
Las rutas estaban rotas.
Los aliados desconfiaban.
Los enemigos seguían ahí.
Y Bibi, siempre prudente, decidio discretamente aconsejar prudencia… desde una distancia muy saludable.
El emperador, sin embargo, seguía convencido de su genialidad. Porque cuando un gobernante se enamora de su propia voz, la realidad se vuelve un detalle molesto que conviene ignorar.
Moraleja
Los emperadores vanidosos creen que gobiernan la historia;
la historia, por lo general, se limita a exhibirlos.
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