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EL POEMA INVITADO.

Rituales ocultos

Hay en ella un cuarto sin ventanas

donde la noche respira su nombre

con una voz que no se atreve a pronunciar en voz alta.

 

Ahí guarda sus incendios,

sus gestos no realizados,

las manos que no tomó

pero aún siente en la memoria

como una fiebre que no se explica.

 

De día,

es mármol disciplinado,

una arquitectura perfecta

de negaciones bien aprendidas.

Camina entre otros

con la calma de quien domina su reflejo,

con la pureza ensayada

de quien teme ser vista arder.

 

Pero la noche la desarma.

 

Algo en su sangre se abre,

como una puerta antigua

que nadie recuerda haber construido.

Y entonces su cuerpo piensa,

recuerda,

imagina con una precisión peligrosa

lo que su boca se niega a decir.

 

No es inocente.

Nunca lo fue.

 

Solo ha aprendido a fragmentarse:

una parte de ella observa,

juzga,

castiga;

la otra,

más profunda,

más verdadera,

se inclina hacia el abismo

con una devoción silenciosa.

 

Desea

como quien se acerca al fuego

sabiendo que no debe,

como quien roza una herida

para comprobar que aún duele.

 

Y en ese roce invisible

se enciende.

 

Hay miradas que la desnudan

sin tocarla,

instantes donde el aire se vuelve denso

y su respiración traiciona

todo lo que ha construido para ocultarse.

 

Pero siempre se retira.

Siempre vuelve a la superficie,

al gesto correcto,

a la palabra medida,

al frío que la protege

de sí misma.

 

Se condena con elegancia,

se absuelve en secreto.

 

Y en la soledad,

cuando nadie la observa

ni siquiera el juicio que la habita,

se permite ser otra:

más oscura,

más lenta,

más viva.

 

Una mujer que no pide permiso,

que no se explica,

que no se niega.

 

Pero al amanecer,

vuelve a cerrarse.

 

Y deja atrás

como un perfume apenas perceptible

la evidencia de su incendio,

ese rastro tenue

de todo lo que pudo ser

y decidió

no permitirse.

 

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