Por Félix Ayurnamat
En está ocasión se presenta en el Museo del Estanquillo la exposición “Adolfo Mexiac y su tiempo” es una conversación con parte de la historia del México del siglo XX, sin levantar demasiado la voz. En el grabado representa bien la escencia de existir, la insistencia del trazo que se repite, que presiona, que deja huella, que se parece a la vida misma cuando decide no ser superficial. La muestra, es extensa, reúne cientos de piezas que no sólo permiten ver la evolución formal de Adolfo Mexiac, sino también su compromiso con un mundo que dolía y que, de alguna manera, sigue doliendo. No es una exposición para mirar rápido; es de esas que se recorren despacio, casi con el cuerpo entero, como si cada imagen pidiera una pausa distinta.
Lo que más me sorprendió no fue únicamente la fuerza gráfica de sus obras,esa claridad con la que denuncia, esa potencia casi visceral del blanco y negro, sino la forma en que su trabajo logra mantenerse vigente sin necesidad de actualizarse. Mexiac no parece hablarnos desde el pasado, sino desde un presente continuo donde las injusticias se repiten con otros nombres. Sus imágenes, cargadas de tensión social, de lucha, de identidad, tienen algo profundamente humano: no buscan imponerse, sino permanecer. Y en esa permanencia hay una especie de calma extraña, como si incluso en la denuncia existiera un lugar para la contemplación.
La exposición también permite entender que su obra no nació en el aislamiento, sino en diálogo constante con su tiempo: con los movimientos sociales, con otros artistas, con una idea de colectividad que hoy se siente lejana pero necesaria. Hay carteles, grabados, materiales que revelan a un artista que no se conformó con el circuito tradicional del arte, sino que buscó expandirse hacia lo público, hacia lo cotidiano, hacia lo político. Esa apertura, lejos de diluir su obra, la fortaleció. Uno sale con la sensación de que Mexiac no trabajaba para el arte, sino desde el arte para la vida.
Y, sin embargo, hay algo personal, íntimo en su trabajo. Entre tanta carga social, aparecen momentos de silencio, de pausa, de observación. Es ahí donde la exposición encuentra su equilibrio: no todo es grito, también hay susurro. No todo es urgencia, también hay tiempo. Y quizá eso es lo que hace que la experiencia sea tan disfrutable: uno no sale agotado, sino acompañado, como si hubiera caminado junto a alguien que entendía bien el peso de estar vivo y, aun así, decidió dibujarlo.
Recorrer esta exposición es recordar que el arte no siempre busca respuestas, pero sí puede enseñarnos a mirar mejor las preguntas. Y en esa mirada, más atenta, más sencilla, más honesta, hay una forma discreta de bienestar.
Adolfo Mexiac y su tiempo
Museo del Estanquillo, Ciudad de México
Miércoles a lunes de 10 a 18 h
Isabel la Católica 26, Centro Histórico de la Ciudad de México

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