Carta personal
Fecha: 9 de noviembre, 2023
Ofe, por cualquier cosa te dejo esta carta, no creo que pase nada, pero estoy muy sugestionada. Te cuento, la cita fue en una cafetería a tres cuadras del edificio que te conte. Nunca imaginé que contestaría el mensaje. Ni que su voz fuera tan firme, tan clara.
Se llama Ana, tiene 38 años. Trabaja como archivista en el Centro Nacional de las Artes. Le escribí después de encontrar su nombre en una ficha catastral de 1996. Su familia fue la última en vivir ahí. La única hija.
Cuando llegó, traía una caja de zapatos. “No sabía si quemarlos o entregarlos al Archivo General”, me dijo. Dentro había dibujos, recortes de periódico, un cassette. Todo viejo, deslavado. Y una hoja que me heló la sangre: el mismo dibujo de los niños tomados de la mano que yo encontré en mi libreta, con la misma frase.
“Aquí jugamos sin crecer.”
Ana bajó la mirada.
—Mi mamá decía que era mi imaginación, pero había algo en esas paredes. Algo que me hablaba. Cuando me encerraban por portarme mal, yo hablaba con ellos. Al principio eran juegos… luego dejaron de serlo.
Le pedí que fuera conmigo al edificio. Dudó. Me preguntó si había escuchado los golpes. Yo no había mencionado eso. Solo asentí. Caminamos en silencio.
Cuando entró al pasillo del segundo piso, se detuvo en seco.
—Aquí fue donde lo vi por última vez. A “él”. Nunca supe su nombre. Solo decía que no podía salir, que sus hermanos lo esperaban.
Apuntó hacia el muro norte. El mismo donde encontré el rostro tallado.
—Ahí… —dijo— ahí fue donde me hizo prometer que no lo olvidaría. Me hizo jurar que volvería.
Nos acercamos. Y ahí estaba el rostro. Esta vez sí apareció en la foto. Se ve más nítido. Como si nos esperara.
Ana se acercó, y sin pensarlo, apoyó la palma sobre el muro. Cerró los ojos. Algo vibró en el aire. No lo puedo explicar. El yeso se cuarteó un poco más. Apareció una línea. Una grieta perfecta. Como una puerta mal cerrada.
Ana me miró. No tenía miedo.
—Lucía, si te quedas esta noche, los vas a ver. Yo… los escucho desde que llegaste. Sabían que volvería. Por eso te dejaron entrar a ti primero.
No supe qué responder.
Pero ya estoy preparando el sleeping bag. Esta noche me quedo. Si lo que hay ahí dentro puede comunicarse, quiero escuchar. Ana prometió venir conmigo.
Yo me comunico con ustedes en la mañana, y si no, ya saben donde buscarme.
(Por favor, no avisen a nadie más del Instituto. No quiero que se espanten.)
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