Por Rebeca Jiménez El agua de jamaica tenía el color de la sangre cuando ya nadie recuerda de quién era. Verónica lo pensó al verla en la jarra de vidrio, sobre la mesa principal, junto al pastel de tres pisos y las servilletas rosas que su madre había doblado durante toda la mañana. Afuera, en el patio, los hombres terminaban de acomodar las sillas; las mujeres discutían por el hielo; una niña lloraba porque le habían puesto un vestido que le picaba en las axilas. El equipo de sonido probaba una canción de moda a un volumen que hacía vibrar los vidrios de las ventanas. Era sábado. Verónica cumplía quince años. Su madre había dicho que sería una fiesta inolvidable. Lo dijo tantas veces durante los preparativos que la frase terminó por parecer una amenaza. Verónica observaba la jarra. El agua de jamaica había sido preparada desde la noche anterior. Su madre había hervido las flores secas, añadido azúcar y dejado enfriar la bebida en una olla grande. Por la mañana la había pasado a la ja...