Por El Perrochinelo Yo al chilango lo conozco bien. No porque haya estudiado sociología, antropología ni esas cosas donde la gente se pone lentes y habla de “fenómenos urbanos”. No, señores. Yo lo conozco porque llevo años viéndolo desde abajo, desde la banqueta, mientras se come una torta de esencia de milanesa parado, corre para alcanzar el microbús o le mienta la madre a una moto que se pasó el alto y casi lo plancha. Soy el Perrochinelo, perro callejero de abolengo dudoso y ciudadano de esta capirucha por derecho de antigüedad. Y si hay una especie que merece documental de National Geographic, ésa es la chilanga. El chilango es un animal peculiar. Puede levantarse a las cinco de la mañana para atravesar media ciudad y llegar a las ocho a un trabajo donde su compañero le va a hablar al cel para decirle: “¿Me haces el paro, ayudame con mi chamba, ya casi llego?”. Y ahí va el chilango, con cara de pocos amigos, café en una mano y torta de tamal en la otra. Tres horas después sig...