PEQUEÑA GUÍA ILUSTRADA PARA (NO) SER UN ARTISTA CONCEPTUAL. Un Sombrero Chinelo sobre la Efímera Elegancia del Pato Amarillo
Por El antiFélix
No me interesaba representar la identidad xochimilca.
Eso habría sido demasiado sencillo.
Me interesaba, en cambio, colocarla sobre un pato de goma amarillo y observar qué ocurría cuando una tradición profundamente arraigada en la cultura festiva de Xochimilco es obligada a convivir con uno de los objetos más reconocibles de la cultura global del consumo. El resultado es, aparentemente, absurdo. Y precisamente por eso funciona.
El pato no es un pato.
O, al menos, no únicamente.
Es un dispositivo crítico.
Un pequeño cuerpo amarillo, producido industrialmente, destinado originalmente a flotar en el agua y probablemente a entretener a un niño durante unos minutos, se convierte aquí en el soporte de una discusión que podría extenderse cómodamente durante varias horas en una mesa de seminario. Sobre porque tiene un sombrero de Chinelo, y en ese gesto aparentemente ingenuo aparece una fricción que me interesa particularmente: lo local y lo global, lo artesanal y lo industrial, la memoria y la novedad, la fiesta popular y la mercancía.
Todo eso cabe en está obra.
Y eso, para mí, ya constituye un problema filosófico.
El amarillo brillante del objeto remite a una estética de consumo inmediato. Es un color diseñado para llamar la atención, reconocible, amable, casi infantil. El pato pertenece a esa inmensa familia de objetos que no necesitan explicar su existencia porque han sido concebidos para ser deseados, adquiridos y rápidamente incorporados a nuestra vida cotidiana. Es la lógica del objeto contemporáneo en su estado más puro: simpático, reproducible, accesible y, sobre todo, sustituible.
Un día queremos un pato.
Al día siguiente, otra cosa.
Baudrillard habría encontrado en él un pequeño paraíso semiótico.
Porque el pato ya no representa solamente un animal. Representa una representación. Es un simulacro de animalidad convertido en mercancía, una naturaleza domesticada hasta adquirir la forma exacta que necesita el mercado para ser reproducida miles de veces. No tiene historia. Tiene producción en serie.
Entonces yo lo intervengo.
Le coloco el sombrero.
Y con ese gesto ridículamente pequeño comienzo a alterar toda su genealogía.
El sombrero de Chinelo introduce una memoria que el pato no posee. Trae consigo el carnaval, la música, la calle, la celebración colectiva y una tradición cultural vinculada particularmente con las festividades del sur de la CDMX. Frente al carácter desechable del objeto industrial, aparece una pieza cargada de historia, códigos visuales y pertenencia comunitaria.
Pero no me interesa establecer una oposición ingenua entre tradición buena y modernidad mala.
Sería demasiado cómodo.
La tradición también cambia. Se transforma, se reinventa, se comercializa, se reproduce y, en ocasiones, termina convertida en mercancía turística. La identidad cultural tampoco vive encerrada en una vitrina esperando que alguien la conserve intacta. Está en movimiento. Se contamina. Negocia. Resiste. A veces se contradice.
Como nosotros.
Por eso el pato me resulta más honesto que muchos discursos sobre identidad.
No pretende ser auténtico.
Es evidentemente artificial.
Y quizá ahí radique su potencia.
En un contexto donde la palabra autenticidad se utiliza con una frecuencia casi religiosa, mi objeto parte de una condición mucho más incómoda: toda identidad contemporánea está atravesada por préstamos, mezclas, apropiaciones, traducciones y transformaciones. Pretender una pureza cultural absoluta sería ignorar precisamente la historia que queremos preservar.
El sombrero sobre el pato produce entonces una inversión.
Ya no es el ser humano quien porta orgullosamente la tradición. Es un objeto industrial, globalizado y prácticamente anónimo quien recibe el privilegio de llevarla.
El pato se convierte en Chinelo.
O quizá el Chinelo se convierte en pato.
No estoy seguro.
Y me interesa no estarlo.
Porque en esa confusión aparece una pregunta que considero más importante que cualquier respuesta: ¿qué sucede con una identidad cultural cuando comienza a circular fuera del contexto que le dio origen? ¿Se debilita? ¿Se transforma? ¿Se vuelve mercancía? ¿O encuentra precisamente en esa circulación una nueva posibilidad de existencia?
Podría hablarse de transculturación, hibridación o desplazamiento simbólico. Desde una perspectiva poscolonial, podríamos preguntarnos quién tiene derecho a representar a quién y bajo qué condiciones. Desde una perspectiva más sencilla, podríamos simplemente reconocer que alguien decidió ponerle un sombrero de Chinelo a un pato de goma.
Las tres lecturas conviven.
No necesito elegir.
Ahí reside parte de mi propuesta.
El pato tampoco está a salvo de la política. Su aparente inocencia oculta una estructura económica completa: producción masiva, consumo, mercancía, circulación global y obsolescencia. Es el pequeño embajador amarillo de una economía que ha conseguido convertir prácticamente cualquier cosa en objeto de deseo.
Frente a él, el sombrero introduce otra temporalidad.
Una memoria.
Una comunidad.
Una fiesta.
Y, sobre todo, una historia que no comenzó en una fábrica.
La obra no pretende resolver el conflicto entre tradición y modernidad. Me parecería incluso sospechoso intentarlo. Prefiero mantenerlas en tensión, hacer que se miren desde sus respectivos extremos y obligarlas a compartir el mismo pequeño escenario.
El resultado es deliberadamente incómodo.
Y también un poco ridículo.
Pero quizá lo ridículo sea una de las formas más eficaces de desmontar la solemnidad con la que solemos hablar de identidad cultural. Cuando una sociedad necesita convertir sus raíces en monumentos intocables para demostrar que las respeta, quizá ya ha comenzado a alejarlas de la vida cotidiana.

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